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Memorias de Idhún IV: el regreso (la 2° generacion) Fan Fic

Chibi-Shikiss
08-06-2008 , 06:37
Hola!!

Pues me anime a hacer esto con la esperanza de revivir es foro ya que parece estar muerto lo cual es triste ya que Memorias de Idhún es un libro muy interesante, no se muy bien como abrir la pagina, espero que aquí este bien sino me gustaría que me ayudaran a acomodarla donde es debido

Para empezar esta historia "No es mía" (lo pongo así para tratar de evitar problemas)
En las normas del foro no dice nada sobre plagios pero si hay algún problema, lo quitare inmediatamente

Esta historia es originaria de "Isdrim", y repito si hay algún problema lo quito, solo intento que este foro no muera u_u

ADVERTENCIA: Los primeros capítulos son introductorios, es decir, describen la vida de Victoria y Jack junto a sus hijos en la tierra y a lo mejor pueden resultar un poco pesados. Pero conforme la historia vaya avanzando empezará la acción y el contenido de verdad! No desesperen! (Nota de la verdadera autora)

Dejen comentarios quiero saber que piensan

Les dejo la historia:

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Capitulo 1. Una vida aparentemente tranquila

Eva abrió sus enormes ojos azules y estudió al hombre entrado en años que la contemplaba con una especie de hastío e incomprensión. Después, cuando perdió el interés por aquel sujeto su mirada se desvió y se dirigió a la ventaba a través de la cual, la nieve caía ligeramente sobre un helado paisaje. El hombre suspiró, cansado, pero la chica no volvió a mirarlo.

-¿No tienes nada que decir? –preguntó el jefe de estudios de aquel instituto público.
Eva tardó unos instantes en mirarlo. Ladeó la cabeza y después volteó sus ojos fríos hasta clavar la mirada en él. El profesor reprimió un escalofrío.

-¿Qué espera que le diga? –preguntó con un tono frío e impersonal.
El hombre la miró negando con la cabeza, con ira al sentir que aquella chica le hacía perder la paciencia.

-Eva Redfield, has roto la nariz a un alumno ¿Te parece poco? –preguntó.

-¿Espera una disculpa? –Preguntó la niña con aquel despreocupado tono que tanto ofendía a su superior- Ya le he dicho que fue un accidente.

El hombre apretó los puños. Aquella difícil mocosa le sacaba de quicio, no había hecho más que causar problemas desde el día en que llegara al instituto y nunca parecía importarle. Le había perdonado muchas, muchas, pero sentía que llegaba el momento en que su paciencia se agotaría definitivamente.

-Es imposible lidiar contigo –le espetó el profesor y ella asintió-. Te caerá un castigo a consecuencia de tus actos e informaré a tu padre de todo, lástima que hoy no esté en el colegio…

Eva le dio la espalda, no le importaba, nada le importaba.

-Y ahora, vete antes de que se me ocurra expulsarte –dijo el hombre volviéndose para sentarse en su escritorio.

La niña salió de su despacho sin ni siquiera despedirse, con aquel aire ausente que la caracterizaba. Eva estudiaba en un instituto público de un barrio a las afueras de Madrid, tenía quince años y no era precisamente una chica muy popular. Era extraña, así es como la describían sus compañeros y compañeras, siempre silenciosa, siempre ausente, perdida en algún universo creado en su mente. Se había creado varios enemigos en el centro, la mayoría chicos que se metían con su mutismo y silencio y que le habían llegado a fastidiar bastante, pero a Eva no le importaba, nada le importaba, aguantaba sus insultos y sus críticas sin apenas escucharles y aunque ella apenas reaccionaba aquellos chicos sentían una especie de burla, como si ella se riera de ellos y de su comportamiento, aquello les llevaba a acosarla más todavía.

Extraños accidentes sucedían a su alrededor, y quizá por eso la mayoría de la gente había llegado a temerla y después había optado por simplemente ignorarla, se sentían más seguros pensando que aquella chica sentada en primera fila y siempre silenciosa era transparente. Ella nunca reaccionaba ante las críticas pero tarde o temprano, sus acosadores sufrían extraños accidentes en los que ella se veía extrañamente involucrada. Nadie tenía pruebas, nadie podía demostrarlo, pero todas las sospechas apuntaban a ella.

Eva cogió su mochila y se la cargó al hombro al tiempo que atravesaba la puerta del instituto y salía al exterior. La nieve comenzaba a caer con más fuerza de la habitual en el patio y Eva no tenía paraguas, pero pareció no importarle. Caminó decidida entre el blanco manto que cubría el suelo de cemento marcado por decenas y decenas de pisadas, las huellas de los alumnos de aquel centro. La nieve caía sobre ella y para sorpresa de quien estuviera mirando se quedó parada, dejando que los copos se amontonaran sobre su oscuro cabello y cerró los ojos con una mueca muy próxima a la satisfacción. Después de unos instantes, Eva se movió y reanudó su camino.

Algunas de las personas con las que se cruzó en la calle se volvieron para mirarla. Una chica más entre las tantas otras de aquel barrio. Sin embargo, aquella tenía algo especial, algo que no se adivinaba en sus ligeras ropas otoñales muy poco propias para aquel invierno nevado, ni en su rostro marmóreo de grandes ojos azules fríos como el propio clima, ni en sus largos cabellos oscuros… no, era una especie de sensación, una especie de presentimiento poco agradable y que les hacía desviarse unos pasos de su trayectoria para evitar pasar a su lado, un sentimiento irracional, y luego cuando ella había pasado y se sentían completamente seguros, fuera de su alcance se giraban y la observaban intentando encontrar algo fuera de lo normal en su figura delgada. Pero no había nada, nada en absoluto extraño en aquella chica.

Eva siguió caminando, se conocía aquel barrio como la palma de la mano y aquel barrio la conocía a la perfección: “sí, la hija del profesor y la de la academia” decían de ella las mujeres del barrio “lástima que esa chica no se parezca en nada a su hermano, que chico más agradable” añadían automáticamente. Eva no se parecía nada a Erik, en efecto, ambos eran como el agua y el aceite, como sur y el norte, como el hielo y el fuego, completamente distintos y a la vez contrarios. Mientras que Eva era una chica introvertida, misteriosa y quizá poco agraciada pero dotada de una brillante inteligencia; Erik era un chico muy abierto y extrovertido, conocido por todos y quien poseía amigos en todos los rincones del barrio (aunque también unos cuantos enemigos), era el furor de las chicas con su cabello rubio y sus aires insolentes, fiestero y travieso, a quien le gustaba más divertirse que trabajar o estudiar. Erik sacaba a Eva cuatro años, y aún así eran continuos las peleas y enfrentamientos entre ellos. Su madre, Victoria, no podía respirar tranquila, o se llevaban muy bien o volaban los objetos y los insultos por la casa. Erik y Eva eran los polos opuestos de un imán.

Erik y Eva eran hermanos pero sus padres eran distintos, solo tenían a Victoria en común.

Para los dos muchachos, su padre oficial era Jack Redfield, el profesor de educación física de aquel colegio local y era él quien los cuidaba y se ocupaba de ellos día a día y los quería por igual. Sin embargo Eva sabía perfectamente que Jack no era su padre, aunque este la quería y la protegía como a una hija, su padre era el otro hombre al que su madre amaba. Eva apenas conocía a Christian, su padre, apenas lo había visto unas diez veces en los últimos cinco años, todas ellas periodos de tiempos cortos y confusos. La versión oficial era que tenía que viajar mucho por culpa del trabajo y Eva la aceptaba sin reparos, no extrañaba a su padre, después de todo tenía a Jack que había sido el único hombre que le había cuidado día a día durante toda su vida.

Toda la vida, Eva, no había podido dejar de hacerse una misma pregunta ¿Cómo era posible que su madre quisiera a dos hombres por igual? Se había empeñado en negarlo pero su madre se lo confirmaba cada vez que preguntaba por aquello, podía ver la pasión en su voz cuando hablaba de Christian, y entonces Eva pensaba que solo estaba utilizando a Jack, pero también sentía en amor cuando miraba a Jack y entonces Eva pensaba que era a quien a quien en realidad amaba. La otra gran duda de su vida era porque Jack seguía con ellos aún a sabiendas de que Victoria quería a otro hombre ¿La respuesta? Siempre le había quedado muy clara, por que amaba a Victoria.

Eva se detuvo al fin, había llegado a la puerta de la academia de Yoga donde trabajaba su madre. Ella misma la había fundado años atrás, como una especie de ilusión o sueño hecho realidad y la regentaba con entusiasmo, impartiendo ella misma las clases y dedicando su cuerpo y alma a su funcionamiento. También se impartían clases de diferentes disciplinas como las artes marciales. Eva traspasó el umbral, pasaba las tardes en aquella academia, observando a las mujeres del barrio realizar diferentes ejercicios mientras ella hacía los deberes. Aquella era su rutina y aquel día no era precisamente distinto.

-¿Qué tal cariño? –preguntó Victoria dándole un beso.

Eva se encogió de hombros y continuó su camino hasta la mesa de escritorio en la que se solía sentar.
Victoria suspiró y se acercó a ella intentando hablarla.

-Eva, me han vuelto a llamar del colegio –dijo Victoria con preocupación- ¿Qué ha ocurrido esta vez?

-¿Acaso no te lo han contado? –preguntó Eva con desdén.

-Quiero oír tu versión –respondió Victoria con confianza.

Su madre siempre la trataba con confianza, siempre la trataba de justificar y comprender, cosa que desconcertaba a todo el mundo. Hasta el más mínimo fallo de Eva tenía su explicación y su hija empezaba a molestarse, en ocasiones deseaba una bronca monumental, una cachetada de recompensa pero aquello nunca sucedía, lo que incitaba a Eva a cometer más y más errores tratando de llamar la atención de sus padres.

“No sé porque la chica te ha salido así, sinceramente” le decían las mujeres del barrio a Victoria durante las clases de yoga “Quizá es porque le permites demasiadas cosas, ya sabes es la pequeña y es la mimada, tu hijo Erik ha aprendido a tener competencia y por eso es un chico en condiciones” zanjaban “Aunque también se merece una torta de vez en cuando” añadían pero siempre con la sonrisa en los labios.

-Un chico se cayó delante de mí y me han echado las culpas –respondió ella con simplicidad.
Victoria suspiró.

-¿Estás segura de que no has tenido nada que ver? –Preguntó- Me han dicho que no te llevabas bien con él ¿Seguro de que no has hecho algo o pensado algo sobre ese chico para que le pasara eso…?

-¿Qué es eso de que no me llevaba bien con él? Simplemente le ignoro, no me importa lo más mínimo, es un mocoso como cualquier mocoso de instituto –respondió ella con frialdad- ¿A dónde quieres llegar? –preguntó a su madre.

-Está bien –respondió Victoria-. Me voy, ya empieza ha llegar la gente de las tres y media. Jack se pasará de un momento a otro, así que vete preparándote.

Eva asintió y le dio la espalda dedicándose a observar la ventana por la que caían los copos de nieve. De repente, justo cuando su madre se hubo marchado hacia la sala de gimnasia la puerta de la academia se abrió.

Penetró por ella la figura delgada y esbelta de una mujer con rasgos orientales. Lo primero que se le ocurrió es que sería la nueva profesora de judo pero al instante se dio cuenta de cuando se había equivocado. La mujer, era increíblemente hermosa y sofisticada, iba vestida con un traje de chaqueta sobrio pero elegante y su porte era distinguido y orgulloso. Su cabello era una cortina de seda que se deslizaba por su espalda, y sus ojos, oscuros y rasgados, dos pozos sin fondo tan fríos como un témpano de hielo. Su presencia la intimidaba y la fascinaba a la vez, y Eva sintió que se trataba de alguien muy especial.
La mujer se acercó a la recepción y la miró con sus ojos fríos, parecía conocerla y observó a Eva con ojo experto. Esbozó una leve sonrisa, un gesto que al parecer no había practicado mucho.

-Busco a Victoria d’Ascolli –dijo la mujer con voz firme y autoritaria.

Eva titubeó, desde el momento en que había entrado no había podido dejar de mirarla. Había algo en ella que la atraía intensamente y que la fascinaba, una especie de admiración y sumisión.

De repente su madre volvió de la sala de gimnasia con una rapidez sorprendente, parecía como si hubiera estado alertada de la presencia de la mujer oriental. La recién llegada se volvió y miró a Victoria largamente y ésta le respondió con una mirada seria al parecer de entendimiento.

-Buenos días –dijo la mujer con simple formalismo pues al parecer no necesitaba bienvenida ni presentación.

-Pasa por favor –dijo Victoria invitándola a acercarse a ella-. Podemos hablar en la sala de gimnasia, no ha llegado nadie todavía.

La mujer asintió con elegancia y siguió a Victoria con un movimiento sinuoso. Las dos mujeres desaparecieron de la vista de Eva, sin embargo ella sentía que la presencia de la extraña todavía flotaba en el ambiente. De repente una llamada.

“¿Eres Lune?” preguntó una voz en su mente.

Eva se sobresaltó visiblemente y dio un respingo. No era la primera vez que sentía aquella sensación, de que una conciencia extraña contactaba con su mente. No era aquello una sensación ajena a ella, pero casi siempre ocurría al contrario, ella era quien invadía la mente de los demás y no al revés. Nunca se lo había explicado ni había hablado con nadie de su extraño don, podía entrometerse en las mentes de las personas que le rodeaban y estaba acostumbrada a hacerlo sin que nadie lo percibiera, simplemente se estremecieran sintiendo una extraña sensación mientras Eva leía en sus mentes como un libro abierto. ¡Pero aquello! Aquello nunca lo había sentido, no sabía de nadie que pudiera tener su mismo don.

“Me llamo Eva Lune” respondió ella con cautela.

La conciencia que había entablado un canal de comunicación con ella pareció satisfecha.

“Me lo imaginaba” respondió y luego añadió “No imaginas las ganas que tenía de conocerte”

Eva sintió una sensación muy extraña al comunicarse mentalmente, parecía como si hubiera nacido para expresarse de esa manera, como si se satisficiera al compartir parte de su mente con una conciencia muy parecida a la de ella. Se sintió a gusto, muy a gusto.

“¿Eres la mujer que ha entrado?” preguntó con absoluta comodidad.

“Sí” respondió ella “Me llamo Ziesel, aunque para tu madre y para los demás soy Shizuko”

“¿Por qué puedo hablar contigo de ésta manera?” Preguntó Eva confusa.
La conciencia de Shizuko pareció sonreír burlonamente.

“Por que tu y yo somos prácticamente lo mismo” respondió al fin.

“¿Y que soy yo?” preguntó Eva más para sí mismo que para Shizuko, toda su vida se había hecho la misma pregunta.

“Un ser extraordinario” respondió Shizuko con autoridad “Un ser superior a todos los simples humanos que te rodean, aunque en tu caso, incompleta”

“¿Eres tu acaso completa?” preguntó Eva sintiéndose estúpida.
La conciencia de Shizuko pareció ensombrecerse.

“No” respondió con amargura “pero mi caso es totalmente distinto al tuyo”

“¿Qué es lo que está pasando? ¿Qué soy yo en realidad?” preguntó de nuevo Eva con desesperación “¿Hay más como yo? Debes responderme”

“Tiempo al tiempo, pequeña Lune” respondió Shizuko “Tiempo al tiempo”

“¿Por qué me llamas Lune en vez de Eva?” preguntó Eva, solo había una persona que la llamara así: su padre, Christian.

“Por que ese es tu nombre Idhunita y por lo tanto el único que valoro” la respuesta de Shizuko le confundió más que le aclaró “Volveremos a vernos, Lune, y ahora márchate, Jack te espera fuera”

El contacto mental se cortó al instante y Eva rogó, aunque Shizuko ya no podía escucharla, que esperara un momento, que no la abandonara con todas aquellas dudas. De repente, se escuchó el sonido del claxon de un coche, en efecto, Jack la esperaba fuera.

Tomó su chaqueta ligera y su mochila y se las cargó a un hombro mientras salía, Victoria seguía reunida con aquella extraña mujer y no le dio tiempo a despedirse de ella. Jack la esperaba fuera del coche, apoyado sobre la puerta del copiloto al tiempo que leía un panfleto de publicidad que le habían dejado en el retrovisor, levantó los ojos al ver que Eva salía y sonrió, pero su sonrisa se congeló de repente y alzó la cabeza, desconcertado.

-¿Ha venido Christian a ver a Victoria? –preguntó con extrañeza.

-No –respondió Eva- ¿Por?

Jack negó y le abrió la puerta del copiloto para que Eva pudiera entrar en el pequeño coche de color verde brillante. Era un coche nuevo, pero de aquellos que los asientos delanteros tenían que plegarse para que se pudiera pasar a los de atrás porque no tenía puertas traseras, un modelo barato pero suficiente para Jack.

-¿Qué tal el día? –preguntó Jack jovialmente.

-Deberías decírmelo tú –respondió ella-. Se supone que el director ya te ha informado de todo –Jack trabajaba como profesor de educación física en su colegio y estaba al tanto de todas las cosas relacionadas con Eva.

-No –dijo Jack-. He estado fuera todo el día ¿Pero que ha pasado?

-Déjalo –dijo Eva repentinamente malhumorada.

Después de cinco minutos llegaron a la casa, un bloque de pisos de aspecto humilde pero limpio. Eva vivía allí junto con Jack, Victoria y su hermano Erik, en un piso mediano de cuatro habitaciones, dos baños, salón y cocina que habían alquilado. De momento tenían todo lo que podían necesitar, decían Jack y Victoria, si alguna vez se decidían por embarcarse en la compra de un piso propio, todavía tenían tiempo.

Erik estaba en la casa. Eva lo notó en cuanto puso un pie en el interior del portal. Parecía como si su olor permaneciera por todo el bloque de pisos como una advertencia de su presencia, Eva ya había aprendido a recocerlo. En efecto, según ella había predicho, el irritante jovenzuelo se encontraba tirado en el sofá en una postura insolente y el mando de la televisión en la mano mientras hacía zapping.

-¡Hola papa! –exclamó el chico antes incluso de que Jack abriera la puerta en completo silencio.

Jack y Erik poseían una especie de conexión que les unía estrechamente. Disfrutaban mucho estando juntos y con frecuencia se escapaban al campo o la montaña para escalar, hacer una caminata o quizá pescar. Eran, al contrario de las demás familias, además de hijo y padre mejores amigos. Erik contaba todo lo relacionado con su día a día a Jack, desde sus líos amorosos hasta los problemas con otros chicos y Jack le escuchaba con entusiasmo y le daba consejos, parecía como si Jack tuviera también la misma edad que su hijo y pudieran hablar de colega a colega.

-¡Hola serpiente! –saludó después Erik con sarna.

Ese era el mote de batalla que Erik le había asignado a Eva. Solía decir que se parecía a una serpiente, silenciosa pero traicionera y eso molestaba mucho a Eva aunque no podía evitar sentirse identificada.

-¡Calla idiota! –le reprendió ella.

-No empecéis –les avisó Jack cansado mientras ponía vasos y platos en la mesa de la cocina para comer la comida que Victoria les había dejado preparada.

Erik se levantó de un salto del sillón y miró a su hermana y a su padre con una ancha sonrisa. Aquel era un gesto habitual en él, había que cabrearle mucho para que su expresión se tornara seria y taciturna, las mujeres del barrio lo consideraban encantador y muy simpático. Se rascó la cabeza, Erik llevaba el pelo rubio ligeramente largo en mechones desordenados, una fina coletilla le colgaba en la parte de detrás de la nuca como una especie de secuela a la moda que hacía furor entre los chicos del barrio: dejarse los pelos de la nuca más largos que el resto de la cabeza. Un arete colgaba de una de sus orejas, Eva se reía mucho de él, le decía que intentaba parecer un duro y un macarra haciendo ruido con su moto pero que en realidad todo el mundo sabía que era tan blanco como un cacho de pan.

-¿Qué tal el día? –preguntó Jack a su hijo con complicidad.

Erik había terminado el bachillerato con dudosa calificación, ahora estudiaba un módulo de iluminación y sonido que no se tomaba muy en serio.

-Puff, Clara me ha dicho que no dedico suficiente tiempo a nuestra relación… -empezó a comentar sentándose en la mesa mientras su padre le servía la comida en el plato.

-¿No tienes otra cosa de la que hablar? –preguntó Eva harta de sus líos amorosos, también sentándose.

-¿Qué pasa? –preguntó el maliciosamente- ¿Tienes envidia por que a ti ningún chico te hace caso? Si quieres te puedo dar algún que otro consejo de ligue, hermanita…

-¡Calla la boca! –le espetó ella.

-No empecéis –repitió Jack cansado.

-Siempre tan seria, siempre tan cardo. Como seas con los chicos igual que eres conmigo no me extraña que no se te acerquen… -comentó Erik.

Eva entrecerró sus fríos ojos azules con malicia e intentó penetrar en la mente de Erik para darte un buen merecido, pero como siempre le sucedía aunque tendía a olvidar, la mente de su hermano estaba protegida por una pared sólida.

En aquel momento, el timbre de la puerta se escuchó como una especie de aviso.

-Ve a ver quien es, anda Eva –dijo Jack intentando interrumpir la disputa-. Y tú, Erik, calla y come.

Eva se levantó con un movimiento sinuoso y se deslizó hasta la puerta donde aguardaba el telefonillo. Pulsó el botón y preguntó acercándose a la rendija:

-¿Quién es?

-Lune soy yo –respondió una voz a través del telefonillo.

Eva conocía esa voz, solo una persona la llamaba Lune aparte de Shizuko.

-Soy Christian, ábreme –dijo la voz, aunque dejaba claro que aunque no abriera iba a entrar igualmente.

Eva pulsó el botón que permitía la entrada, un poco asustada. Jack se acercaba a ella en ese momento.

-¿Quién es? –preguntó despreocupado.

-Es… mi padre –musitó ella carente de cualquier emoción.

La expresión de Jack se tornó seria al instante y revolvió el sedoso cabello oscuro de Eva con cariño.

-Habrá que recibirle como es debido –dijo después-. Hace mucho tiempo que no nos ve.
Tendrá muchas ganas de hablar contigo.

Eva se encogió de hombro. No le gustaba la perspectiva de hablar con una persona que consideraba demasiado extraño para ella.

Jack abrió la puerta y allí en el rellano se encontraba Christian, joven, alto e imponente como siempre. Iba vestido con ropas oscuras pero formales y su gesto era un tributo a la seriedad. Tenía un rostro agradable pero su expresión era impersonal y carente de toda emoción, sus ojos fríos y azules se clavaron en Jack como dos puñales de hielo, y lentamente, como si le costara un gran esfuerzo, sonrió.
Jack se adelantó y abrazó a aquel hombre, que tan distinto parecía de él mismo. Como Eva y Erik, aceite y agua, fuego y hielo. Ambos tenían casi la misma edad. Christian agradeció su cálida bienvenida y después, centró su atención en su hija.

Eva sintió una extraña sensación, la misma que había sentido al ver a Shizuko. Sintió, que en efecto su padre y la desconocida eran dos seres demasiado parecidos. A la vez la atraían y la fascinaban, al tiempo que se sentía completamente cómoda con ellos, como si hubiera nacido para ello.

Christian se acercó y acarició su cabello con una mano fría como el mármol, sonrió y sus rasgos se transformaron reflejando toda su ternura. Eva agradeció aquel simple gesto de cariño que la hacía sentirse tan completa que parecía como si su padre siempre hubiera estado junto a ella y sintió que una lágrima pugnaba por escaparse de sus ojos, hacía tanto tiempo que no veía a su padre, aunque en lo profundo de su alma, sabía que había estado más cerca de lo que ella pensaba, siempre con un ojo prendido en ella y Victoria.

-Papa –musitó-. Bienvenido a casa.


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