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Nicole, tratando de sostener una postura segura, le da una fría mirada a su ex-pololo, quien se detiene frente a ella. Los dos amigos que lo acompañan, entienden que habrá una conversación seria y deciden avanzar varios pasos más adelante.
_ Hola Nicole – sonríe Joshua, tratando de bajar un poco la tensión que se ha creado entre ellos.
_ ¿Qué pasó con la clínica? – consulta Nicole, preocupada, notando que está algo drogado.
Joshua se queda en silencio y comienza a mirar para otro lado. Sus ojos vuelven a Nicole, sintiendo que la culpa lo cubre por completo.
_ ¿No me vas a responder? – pregunta Nicole, llena de dudas.
_ Yo creo que es mejor que hablemos otro día – dice Joshua, nervioso.
_ ¡Hey! – lo toma por el brazo – ¿Qué pasó con la clínica? ¿Acaso no deberías estar ahí?
_ Nicole... Mañana sin falta me aparezco por tu casa. De verdad te voy a explicar todo – le dice algo asustado.
_ ¿Por qué no me puedes decir ahora?
_ Es que... ando con unos amigos y... no quiero retrasarlos por mi culpa... Por eso es mejor que hablemos mañana. ¿Te parece?
Nicole lo observa, sintiendo escalofríos en su estómago. Era obvio que algo andaba mal.
_ Te espero mañana entonces – dice Nicole, resignada.
_ Ok. Yo iré en la tarde a tu casa – sonríe Joshua, despidiéndose con un beso en la mejilla. Luego la observa una vez más – Te ves bonita.
Nicole sonríe incómoda y baja la mirada. No quería mostrarse débil ante Joshua, pero algo le decía que no lo había logrado.
The Perishers - Weekends
El alboroto de los últimos días de Febrero comienza a notarse en Punta Arenas. Muchas madres preocupadas de comprar los uniformes de sus hijos, caen fácilmente en un gran stress colectivo. Mientras que la gran parte de la población se resigna en que tendrán que volver a clases, ya sea a trabajar o a estudiar. Todo tendrá que volver a la rutina.
La única que parece escapar de todo tipo de stress es Diana Pastorelli, madre de Ignacio. Quien está emocionada fuera de la casa, observando el hermoso auto que le ha enviado su esposo de regalo.
_ Aquí tiene – dice Diana, entregando dinero a un caballero pequeño y algo calvo – Gracias por traer esta joya a mi casa.
La mujer se queda observando su auto con admiración y devoción. Sin darse cuenta, Ignacio se ubica a su lado.
_ Lindo auto – dice el muchacho, logrando que su madre se asuste.
_ ¡Ignacio! Que sorpresa tenerte por estos lados – sonríe Diana, saludando a su hijo con alegría – ¿No lo encuentras hermoso?
_ Es un auto – dice el joven, con una ceja levantada.
_ ¡Ay Ignacio! Es el mejor regalo que tu padre me ha dado.
_ ¿Por qué lo envió a Punta Arenas?
Diana sonríe, orgullosa.
_ Porque este año pienso quedarme en esta ciudad – dice, disfrutando el momento, mientras que Ignacio se queda sin reacción.
Casa de Gabriel. Sala de Estar.
11:23 am- La canción “Feels Like I’m In Love” de Kelly Marie, suena a todo volumen en la casa. Gabriel, totalmente extasiado con la música, saca el polvo de sus muebles con mucha energía.
Miguel ha salido temprano a hacer algunos trámites, lo que le ha permitido tomarse la mañana para divertirse con la música fuerte.
Haciendo unos divertidos pasos de baile, comienza a avanzar hacia la ventana, para comenzar a limpiar los vidrios. Al abrir las cortinas, lanza un femenino grito al ver que Cristóbal está parado justo frente a él.
Corre a apagar la radio y avanza a abrir la puerta, de mala forma.
_ ¿Qué estás haciendo aquí? – pregunta Gabriel, pesado.
_ Vine a verte. Pensé que podríamos tomar desayuno – sonríe Cristóbal, intentando pasar.
_ Estoy con Miguel – dice Gabriel, impidiendo que su dj entre a la casa.
_ No seas mentiroso, Gabriel. Lo vi salir hace unos minutos.
_ ¿Acaso estás espiando mi casa? – pregunta el muchacho, molesto.
_ Fue casualidad. Salí a trotar y lo vi... Sólo fue eso – sonríe Cristóbal, coqueto – Ahora ¿Me dejas pasar?
_ Estoy limpiando.
_ Si quieres te ayudo.
_ Miguel puede llegar en cualquier momento – advierte Gabriel.
_ No tenemos que hacer nada malo... A no ser que quieras... – Cristóbal se acerca, quedando a pocos centímetros de su jefe – hacer algo malo.
_ Cristóbal, córtala – dice alejándolo – Los vecinos están mirando – Gabriel mira para todos lados, preocupado.
_ Entonces es mejor que pase – insiste Cristóbal, con una sonrisa.
_ Ok. Ok. Pasa... Pero sólo unos minutos – dice Gabriel resignado, pero con ganas de volver a probar esos labios.
Cristóbal entra en la casa, feliz de estar con la persona que tantos escalofríos le provoca.
Casa de Ignacio. Cocina.
Ignacio saca una bebida del refrigerador para servirse un poco, mientras que su madre prepara una pizza sobre la mesa.
_ Y cuéntame ¿Cómo va todo con Vicente? – pregunta Diana, interesada.
_ Va todo bien – cuenta serio – ¿De verdad piensas quedarte todo este año acá en Punta Arenas? – pregunta, cambiando el tema.
_ ¡Uy! Parece que a alguien no le gustó la noticia.
_ Mamá... Quiero vivir en mi casa pero...
_ A ver, a ver... ¿Escuché bien o la sorpresa de tu padre me dejó atontada? – pregunta, sarcástica.
_ Quiero vivir en mi casa... Que sea como antes que llegues tú. No quiero estar de allegado en la casa de Vicente. No me han puesto ningún problema, pero yo me siento incómodo – explica Ignacio – Por eso... Quería hacerte una propuesta.
_ ¡Oh! ¿Una propuesta? Interesante – dice, prestándole atención a su hijo.
_ ¿Qué tal si comienzo a darte una especie de mensualidad, para que puedas estar en alguna hostal? – pregunta Ignacio, con timidez.
Diana lo queda observando por unos minutos, para luego comenzar a reírse.
_ ¿Una hostal? – ríe fingida – ¡Por favor, Ignacio! ¿Cómo se te ocurre que me voy a ir a una hostal si tengo mi casa?
_ Pero mamá... Piénsalo... Podrías...
_ ¡Ignacio! – levanta la voz, interrumpiendo a su hijo – No me voy a ir de “mi casa”, así es que no gastes saliva con propuestas estúpidas – dice altanera – Si quieres volver a vivir aquí, tendrá que ser conmigo. ¿Está claro?
El muchacho observa a su madre, sintiendo una gran impotencia en su interior. Diana, mientras tanto, sigue armando su pizza con tranquilidad. Sabía que tenía el poder sobre Ignacio y eso la hacía sentir excelente.
Casa de Gabriel. Sala de Estar.
Julieta Venegas – Nada Serio
Tendidos sobre el gran sillón de la sala, Cristóbal y Gabriel se besan como si el mundo se fuese a terminar.
Al parecer, Gabriel prefirió gastar su energía con su dj antes que terminar de limpiar su casa.
_ ¡Ya basta! – se aleja Gabriel, de repente, tratando de recuperar el aire.
_ ¿Qué pasó? – pregunta Cristóbal, abrazándolo con suavidad.
_ No quiero que cuando llegue Miguel te encuentre aquí. Sería demasiado sospechoso – dice Gabriel, nervioso.
_ No nos va a pillar, no te preocupes – dice el muchacho, besándolo.
_ ¡Ya Cristóbal! De verdad. Es mejor que te vayas – dice Gabriel – Esto se está poniendo peligroso.
_ ¿Peligroso? – ríe Cristóbal – ¿Qué sería lo peligroso?
_ ¡Ja! No sabes la fuerza que tiene Miguel Ángel... Te podría quebrar en pedacitos en un segundo, si se llega a enterar – advierte Gabriel, orgulloso de su novio – Así es que es mejor que saques tu culo de mi sillón y te vayas a tu casa.
_ ¡Qué romántico! – se sorprende Cristóbal, riendo de forma sarcástica.
_ Si me beso contigo... No es por lo romántico o lo mágico. No soy tú Julieta, ni tú tampoco mi Romeo. Quiero que te quede claro que no me gustas – dice Gabriel, levantándose del sillón.
_ ¿Ni siquiera un poco? – pregunta, aún tendido, con coquetería.
_ Cristóbal... Última vez que te digo. ¡Ándate a tu casa! – dice Gabriel, comenzando a molestarse. Cada ciertos segundos, dirige su mirada a la ventana.
_ Bueno... En vista de que no te gusto, pero igual te reacciona el cuerpo conmigo – dice, con intención, mirando su entrepierna – Me retiro a mi casa – dice levantándose.
_ A cualquiera le reacciona el cuerpo con un roce, así es que no te vengas a creer el gran guerrero – dice Gabriel, molesto.
_ Si tú lo dices – sonríe, seguro. Se acerca a él lentamente, rozando su nariz en el suave cuello de Gabriel.
_ ¡Cristóbal, basta! – dice, con los ojos cerrados, sin alejarlo.
_ A mi sí me gustas – dice Cristóbal, dándole pequeños besos en el cuello – Y mucho.
El joven Dj, se aleja unos centímetros y observa a Gabriel con una sonrisa.
_ Puedo ser mucho mejor que Miguel Ángel... Déjame probártelo – dice el muchacho.
_ Cristóbal, ándate – dice Gabriel, calmado, sin querer hablar del tema.
El joven, baja la mirada y sonríe, resignado. Da un suspiro y dirige sus pasos hacia la puerta principal. Se retira de la casa, dejando a Gabriel con la mente llena de preguntas.
Casa de Vicente. Dormitorio Vicente.
El muchacho termina de limpiar su pieza, sentándose agotado sobre su cama. Sonríe al observar el peluche que le regaló a Ignacio y lo toma con suavidad.
Interrumpiendo las miradas profundas entre él y el peluche, comienza a sonar su celular.
Vicente se levanta, buscándolo en su chaqueta. Sin observar la pantalla, contesta.
_ ¿Aló?
_ Hola Vicente. ¿Cómo estás? – pregunta una voz amigable.
Vicente observa la pantalla de su celular, verificando que se trata de aquel anónimo. Sonríe disfrutando la situación y se vuelve a sentar en su cama.
_ Bien, gracias ¿Y tú?
_ Yo bien, haciendo los papeles a última hora para poder estudiar – ríe suave, logrando que Vicente también lo haga.
_ ¿Eres Eduardo, verdad? – consulta, con incertidumbre.
_ ¿Cómo?
_ ¿Te llamas Eduardo?
_ ¿Te gustaría que mi nombre fuera ese?
_ Sólo quiero saber con quien hablo – contesta Vicente, dudoso.
_ Por lo que oigo... Tienes buena memoria. Pensé que olvidarías mi nombre – dice Eduardo, con voz segura y algo sensual.
_ No olvido fácil – dice Vicente, sonriente. Quería que fuese aquel chico rubio de aquella noche, pero no sabía por qué.
_ ¿Estás en tu casa?
_ Sí... Estaba limpiando mi pieza.
_ ¿Eres ordenado?
_ Cuando tengo ganas, sí. Hay otras veces en que me da lo mismo y el desorden está por días – ríe Vicente, junto a Eduardo.
_ A mi igual me pasa lo mismo.
_ ¿Oye? ¿Cómo te conseguiste mi número?
_ Eso no se cuenta – dice Eduardo, misterioso – Lo importante es que estamos conversando ahora.
Vicente sonríe, sintiéndose halagado. Justo en ese momento, Ignacio entra en la habitación.
_ ¡Hola! – saluda Ignacio, en voz baja, al ver que está hablando por celular.
Vicente, nervioso, disimuladamente corta la llamada de Eduardo y se despide falsamente.
_ Okis, Cata. ¡Nos vemos! Cuídate. Saludos a Joaquín – dice el joven, fingiendo que corta la llamada, otra vez. Aprovecha a dejarlo en silencio, mientras trata de disimular sus nervios.
Ignacio sonríe, saludándolo con beso en los labios.
_ ¿Cómo está la Cata?
_ Bien. Todo bien – dice Vicente, sonriente, siendo preciso – ¿A ti cómo te fue con tu mamá?
_ No hay caso con ella – dice Ignacio, tendiéndose en la cama – Es como hablarle a una piedra. Más encima me dijo que se quedaría todo este año.
_ ¿Todo el año? – se sorprende.
_ Sí... No sé que voy a hacer. Igual tengo ganas de volver a mi casa.
_ Pucha amorcito – dice Vicente, ubicándose al lado de Ignacio y abrazándolo con cariño.
_ Ya no sé que cresta hacer – dice Ignacio, aburrido – No sé por qué justo tuvo que aparecer ahora.
Unos pequeños golpes se sienten en la puerta del dormitorio. Doña Marta abre la puerta, algo extrañada, y no por ver a Vicente y a Ignacio abrazados, si no por la persona que ha llegado a la casa.
_ ¿Qué pasa, mamá? – pregunta Vicente, presintiendo algo.
_ Hay una señora que llegó... Dice que es la mamá de Ignacio – dice doña Marta.
Ignacio se sorprende y se sienta en la cama, en un segundo.
_ ¿Mi mamá? ¿Y qué está haciendo aquí? – se pregunta, sin poder creerlo.
Centro de Punta Arenas
En calle principal del centro, camina Giselle hacia su departamento. Unas bolsas, algo pesadas, la acompañan. Ganándose su odio, sin poder encender un simple cigarro, al tener las manos ocupadas.
_ Falta poco, Giselle – se dice, alentándose.
Cuando está a punto de llegar al edificio, una de sus bolsas se da por vencida, dejando todos los productos por el suelo. Giselle, sin reacción, se queda detenida observando lo que ha pasado.
_ ¿Quieres que te ayude? – se escucha la melódica voz de una muchacha.
Giselle aún con la mirada pegada en el suelo, parece no escucharla.
_ Disculpa... ¿Estás bien? – dice la joven, tocándole el hombro, quien resulta ser Natalia.
Giselle toma un poco de aire y se sorprende al verla tan cerca. La recuerda de inmediato. “Ella es la que me bailaba sensual ese día en la disco gay” – pensó Giselle.
_ ¿Yo? Jajaja – ríe nerviosa, Gisellee – ¡Claro que estoy bien! ¡Mejor que nunca! – dice divertida.
_ ¿Te ayudo? – pregunta la muchacha, con una sonrisa.
_ Ehm... No sé cómo llevar todo eso, en la mano supongo.
_ Yo lo cargo entre los brazos... ¿Vives muy lejos?
_ Aquí en el edificio... Justamente hoy fui al supermercado sin auto, para caminar y hacer ejercicios – cuenta Giselle, algo acelerada – Nunca compro tantas cosas, pero hoy me levanté feliz y quise gastar más plata de lo normal. Llegué a la caja y la chica que me atendió me miró de arriba abajo. Fue muy poco disimulada – comenta, comenzando a alterarse – Está bien... Me pueden mirar, no me quejo. Pero de esa forma... Me emputece. Más encima me atendió mal, con la voz cortante... Y yo no le hice nada. No era mi culpa ser más regia que ella. No era mi culpa que ella esté atada a esa silla, apretando teclas y cobrándole a gente que jamás ha visto en su vida. Estoy segura que ella me rasgó las bolsas – dice frunciendo el ceño – ¡Estoy segura que me puso las bolsas que están a punto de fallecer para que me ocurra esto!
The Cardigans – You’re the Storm
Natalia la observa entretenida. Ya tiene todas las cosas entre sus brazos.
_ ¡Disculpa! Necesitaba desahogarme – sonríe Giselle – Mi nombre es Giselle.
_ Natalia – sonríe la joven, con simpatía.
Ambas se miran, por unos segundos, sin ninguna mencionar que se recuerdan de aquel día en la disco Glamorous.
Casa de Vicente. Sala de Estar.
Diana, la madre de Ignacio, está sentada cómodamente en un sillón, sosteniendo un vaso con bebida. Doña Marta la observa algo incómoda, ya que no le gustan las miradas que aquella mujer le da a su casa. Ignacio sentado al lado de Vicente, espera una pronta respuesta de su madre.
_ Linda casa, doña... ¿Marta? – sonríe, cínica, Diana.
_ Sí. Marta – sonríe, humilde.
_ Mamá... Estoy esperando – dice Ignacio, algo molesto – ¿Por qué me seguiste?
_ ¡Ay Ignacio! – dice calmada – Sólo quería saber donde estabas viviendo. Por lo visto es una casa muy bonita. ¿Duermen a camas separadas supongo? – consulta, con una ceja levantada.
_ No. Dormimos juntos – dice Ignacio, molesto – Si vienes a plantar tus reglas a esta casa, estás mal.
_ Ignacio, no seas insolente delante de la gente – corrige Diana, bebiendo tranquila un sorbo de su bebida – Si te seguí, fue porque quiero que – sonríe orgullosa – Quiero que seamos madre e hijo, otra vez.
_ ¿Madre e hijo? – repite Ignacio, sin gustarle la idea.
_ Sí. ¿No le parece estupendo, doña Marta? – pregunta sonriente.
_ Ehm. Claro – apoya, sin conocer mucho la situación.
_ Hoy, cuando llegaste a la casa... Me acordé cuando eras un niño. Siempre fuiste tan lindo, Ignacio. Eras educadito. El caballerito de la cuadra. Que verte de pie a mi lado, me hizo pensar en cómo pasa el tiempo – cuenta Diana, tratando de sonar nostálgica.
Ignacio, con cierta vergüenza, baja la mirada. Vicente opta por sonreír, entretenido, tomándole la mano a su novio.
Diana para de hablar, observando aquellas manos. Deja su bebida sobre la mesa de centro y se levanta del sillón. Acomoda su pequeña cartera en su hombro y observa a su hijo.
_ Es mejor que dejemos que doña Marta y su hijo, estén tranquilos – dice Diana, fingiendo estar tranquila – Ya has estado suficiente tiempo fuera de la casa.
_ Sólo han sido unas semanas – dice Ignacio, sin querer irse.
_ Da lo mismo. Es hora de volver y empezar de cero una vez más – sonríe, para luego dirigirse a la madre de Vicente – Vine desde Santiago para estar con mi hijo. Hace muchos años que no lo veía... Yo creo que es lo más adecuado que estemos juntos este año, que vine especialmente para estar con él – cuenta Diana, imitando a la perfección a una buena madre.
_ Me imagino que debe haberle costado – opina doña Marta.
_ Claro que sí. Fue terrible vivir sin mi Nachito.
Ignacio mueve la cabeza en negación, sabía perfectamente que su madre estaba fingiendo pero ya no tenía ganas de pelear. Volvería a su casa, para tratar de arreglar las cosas otra vez.
_ Voy por mis cosas – dice Ignacio a su novio, quien lo observa, sin decir nada, con nostalgia.
Diana aprovecha el momento, para dirigir unas palabras a su yerno.
_ Estás cordialmente invitado a nuestra casa, Vicente – sonríe – Es lo mínimo que puedo hacer después de darle un techo a mi hijo. Lo único que espero de ti... es que... cuides a mi Ignacio.
Vicente se sorprende y se siente perseguido en un segundo.
_ Claro... Es lo que siempre hago – afirma Vicente, nervioso.
_ Me alegro. Espero lo sigas haciendo – dice Diana, con una ceja levantada.
Vicente, sonríe, incómodo, sintiéndose culpable en un segundo por aquella conversación que ha tenido con ese rubio desconocido.
Departamento Giselle.
Ambas muchachas dejan las cosas sobre la mesa de la cocina. Giselle observa de reojo a Natalia, quien parece captar aquellas fugaces miradas.
_ ¡Muchas gracias! ¡Te pasaste! – agradece Giselle, con una sonrisa.
_ No es nada – sonríe Natalia.
_ ¿Quieres un tarro de duraznos en forma de agradecimiento? – pregunta, seria.
_ ¿Ah? – ríe suave – No, gracias.
_ O no sé... Un paquete de fideos.
_ No, Giselle, gracias – sonríe tierna – Me conformo con que nos juntemos en la Glamorous hoy a las 11 y media. ¿Te parece?
Giselle queda en pausa. No podía creer lo que estaba escuchando. Una chica la estaba invitando a salir. Una chica que le había coqueteado un fin de semana, ahora la estaba invitando a salir. Una chica que de dudosa sexualidad la estaba invitando a salir. Su cabeza estaba por explotar.
_ ¿Y qué dices? – pregunta Natalia, sonriente.
_ Ehhm... Claaaro. ¿Por qué no? – acepta, nerviosa.
_ Perfecto – dice segura – Nos vemos – se despide con un beso en la mejilla – Un gusto haberte ayudado.
Giselle, sólo sonríe, sus palabras parecen haberse perdido. Llena de nervios, la va a dejar a la puerta. Una vez que Natalia ya se ha ido. Piensa en lo que ha ocurrido. Abre los ojos inmensamente y se lleva una mano al pecho, asustada.
_ ¿¡Qué me está pasando!? – se pregunta, casi histérica – Debe ser porque estás mucho tiempo sola... Sí, eso debe ser – se dice, así misma, tratando de calmarse – Necesito fumar.
Casa de Vicente. Entrada.
Vicente abraza a Ignacio con fuerzas. Igual sentía que lo iba a extrañar, a pesar de que sólo habían sido unas semanas, siempre que estaban días juntos se acostumbraba a estar con él.
_ Nos vamos a ver en la noche para ir a la disco – le recuerda Ignacio.
_ Claro que sí... Vamos a estar juntitos – dice Vicente, dándole un beso.
Desde afuera se escucha una chillona bocina, que resulta ser del auto de Diana.
_ Ya amor... Nos vemos en la noche – dice Ignacio, dándole un tierno beso – Te amo.
_ Yo igual – sonríe Vicente, observando cómo su novio se va de la casa. Luego cierra la puerta, quedándose pensativo junto a ella.
No podía sacarse aquella llamada de la cabeza. Comenzaba a sentir rabia por haber conversado con el tal Eduardo, pero ya estaba hecho.
Sin muchas ganas, dirige sus pasos hacia su dormitorio. Casi por inercia avanza hacia su celular, el cual ha estado en silencio. Se tiende en su cama y comienza a revisar.
Cinco llamadas pérdidas, que resultan ser de Eduardo, y tres mensajes sin leer.
“¿Qué pasó? ¿Por qué cortaste? En todo caso, me encanta tu voz. Un beso. E.”
“Espero vayas solo a la disco hoy en la noche. Me gustaría conversar contigo. Te esperaré en la barra. Un beso. E.”
“Ya te extraño niño precioso. Te amo mucho. Tu Nacho”
Vicente, cierra los ojos con fuerza, ya no podía sentirse peor.
_ ¡¿Qué mierda estás haciendo, Vicente?! – se regaña, quedando pensativo con la vista hacia el techo.
Casa de Nicole. Dormitorio Nicole.
Las horas avanzaban y la visita de Joshua, jamás llegaba. La muchacha con incertidumbre, toma el teléfono, dispuesta a marcar el número de su ex-pololo. Cuando marcaba los primeros tres números, una presencia en su puerta la detiene. Era Joshua.
_ Justo te iba a llamar – sonríe, nerviosa.
_ Te dije que vendría – dice Joshua, acercándose a saludarla.
_ Es extraño todo esto – dice la muchacha, tocándose su mejilla.
_ Un poco – afirma el muchacho, sentándose en los pies de la cama – Todo sigue igual – dice observando la habitación.
_ Sí. No he cambiado casi nada. Ando floja – cuenta Nicole, nerviosa – Ayer había pensado en cambiar todas mis cosas de lugar, pero no sé qué me pasó... Supongo que las ganas no me acompañaron, así es que fui donde la Cata. Estuvimos conversando y...
_ Nicky... Nunca me interné en esa clínica – dice Joshua, interrumpiendo a la joven.
Nicole se sorprende y lo observa extrañada.
_ ¿Qué?... – lo observa, incrédula – ¿Por qué? – pregunta, sin entender.
_ No quería hacerte daño... No quería seguir mintiendo y...
_ ¿Pero por qué mentiste con lo de la clínica? – pregunta, dolida.
_ Por eso, Nicky. Quería alejarte para no hacerte daño... Pero... Me doy cuenta que te necesito. Te necesito más que nunca – dice Joshua, tomándole la mano.
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Nicole lo observa desilusionada, no tarda en quitar su mano. Joshua parece no entender la reacción de la joven.
_ ¿Qué pasa?
_ ¿Cómo que qué pasa? – pregunta Nicole, molesta – Me mentiste... Te burlaste de mi.
_ Nicky, no fue así... Entiende que yo sólo quería protegerte. No quería arrastrarte conmigo a esto de la droga.
_ Joshua, tú me conoces. Sabes que no me inyectaría, ni aspiraría nada de esas cosas. Yo simplemente quería ayudarte, nada más – explica Nicole.
_ Necesito estar contigo, Nicole. No he dejado de pensar en ti... Y... No sé si es tarde, pero... me gustaría que pienses si quieres volver conmigo – dice Joshua, sorprendiendo a la joven – Sé que no me he portado bien, pero... Te amo. No puedo dejar de hacerlo.
Nicole se levanta de la cama y comienza a caminar por su pieza. Estaba confundida. Eran demasiadas cosas en un solo día.
_ ¿Quieres volver conmigo? – pregunta Joshua, con la voz llena nostalgia.
La joven lo observa, sin decirle nada. Los nervios estaban por todo su cuerpo. Se acerca a él y se sienta a su lado. Con calma, le toma una de sus manos y vuelve a mirarlo.
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_ Sólo si prometes en que dejarás la droga y permitirás que te ayude – dice Nicole, con los ojos brillantes – ¿Qué me dices?
Joshua baja la vista y se queda en silencio. A los pocos segundos, se suelta de la mano de Nicole, quien no evita en dejar que sus lágrimas se expresen.
_ No puedo – dice el muchacho, sin mirarla – No puedo.
_ Yo puedo hablar en esa clínica y volver a rellenar las fichas con tus datos, no me cuesta nada... sólo quiero que te recuperes. Quiero ayudarte y...
_ Entiéndeme – alza la voz, mirándola con los ojos inundados en lágrimas – No puedo dejarla. No puedo.
_ No quieres dejarla – se atreve a decir Nicole.
_ No entiendes nada – dice Joshua, levantándose de la cama y comenzando a caminar hacia la puerta.
_ ¡Hey! No te vayas – dice Nicole, tratando de detenerlo.
_ Es mejor que no estemos juntos... Yo creo que con el tiempo me voy a olvidar de ti. No quiero molestarte.
_ Joshua... No me molestas... ¡Cómo se te ocurre decir algo así! Todavía te amo – dice Nicole, con una débil sonrisa – Todavía me importa lo que te pasa. No quiero dejarte caer.
_ Ya caí, Nicole... Y no puedo salir – dice el muchacho, comenzando a llorar con ganas – No puedo salir de ahí.
Shivaree – I Will Go Quietly
Nicole lo observa, apenada y lo abraza con fuerzas.
_ No estás solo... ¿Ya? Yo estoy contigo – dice la muchacha, llorando junto a él. Tenía que tomar fuerzas para proteger a la persona que aún amaba. No estaba dispuesta a dejarlo solo. Lucharía por él.
En la casa de Gabriel, Miguel Ángel se ha adueñado de la cocina. Prepara los últimos detalles de la cena, la cual se debe al cumple mes que celebrarán. La mesa está perfecta, la decoración, los platos, las velas, todo... Sólo falta que Gabriel llegue del centro.
Gabriel mientras tanto, camina por una avenida junto a Cristóbal. Ambos muertos de la risa, conversan de anécdotas que le han ocurrido con el pasar de los años. Al parecer, Gabriel se ha olvidado de la fecha que antes solía ser especial. Sólo está preocupado de las cosquillas que siente cuando Cristóbal se le acerca más de lo normal.
Ignacio, sentado sobre su cama, observa su pieza. La había extrañado durante las semanas que había estado fuera, pero a pesar de estar en su territorio... Vicente le hacía falta.
A los segundos, Diana, aparece en la habitación con una gran bolsa.
_ Ahí están tu ropa y tus zapatillas – dice la mujer, con una sonrisa, dejándola en el suelo.
El muchacho se sorprende y corre hacia la bolsa para abrirla de inmediato.
_ No soy tan impulsiva – sonríe Diana.
_ Menos mal – dice Ignacio, sacando la ropa que pensó que nunca más vería.
Vicente, sin conseguir sacarse a Eduardo de la cabeza, toma su celular y comienza a escribir un mensaje de texto.
“Lo siento, pero no estoy solo. Tengo pololo. Cuídate. Vicente”
Sintiéndose más aliviado, le envía el mensaje y guarda su celular. En su rostro, nace una sonrisa. No estaba dispuesto a seguir con el jueguito.
Ignacio, el cual comenzaba a ordenar su ropa, siente su celular. Al parecer le ha llegado un mensaje. Un mensaje equivocado. Un mensaje que comenzaría a despertar algo que nunca imaginó tener... Dudas.
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