JUAN VALLEJO
13-03-2008 , 19:33
CUMPLIERON CON EL DEBER QUE LA NÓMINA LES IMPONÍA
(A los caídos en el accidente del helicóptero en las proximidades de la base de Herat- Afganistán)
17 banderas; 17 lujosos y confortables féretros; 17 medallas; 17 taconazos; 17 saludos sobrios, dignos, castrenses; 17 proezas personales al servicio de la única verdad; 17 cruzados para la Historia de la justicia universal; 17 rezos de Gloria virtuosa; 17 vidas ejemplares cantando al unísono un adiós grave desde la luz y la altura; 17 murmullos que se extinguen a golpe de imprenta mística, glorificante, aduladora, complaciente; 17 seres forzados a perpetuarse más allá de su existencia misma, aplastado el yo por la impersonal máquina de hacer héroes clónicos a voluntad ajena, momificados, embalsamados para mayor Gloria de quién despide sin perder, de quién llora sin sentir, de quién juega con la vida que no le es propia y con la muerte de los que se van, de los que se han ido, de los que ya no están.
17 voces ahogadas; 17 miradas apagadas; 17 sueños que despertaron angustiados, ansiosos, en una común pesadilla; 17 muertos; 17 desgracias; 17 lutos; 17 vacíos en 17 colchones; 17 almohadas sin la cálida huella de la familiar cabeza recién levantada cualquier sábado ahora irrepetible; 17 crisantemos agonizando entre la hierba húmeda que se encorva apesadumbrada sobre una tierra indiferente y sepulturera de rostros, bocas, ojos, manos y dedos; 17 sillas inmóviles en 17 mesas; 17 ausencias penitentes, observantes desde las paredes de 17 hogares, desde cada rincón, desde cada armario, desde cada sombra; 17 huecos en 17 sofás, frente a 17 frívolos televisores; 17 silencios; 17 nombres como arados, surcando funestos 17 lápidas heladas; 17 vacíos en 17 intimidades unidas y distantes en el solitario abismo del fúnebre adiós sin despedida.
JUAN VALLEJO
(A los caídos en el accidente del helicóptero en las proximidades de la base de Herat- Afganistán)
17 banderas; 17 lujosos y confortables féretros; 17 medallas; 17 taconazos; 17 saludos sobrios, dignos, castrenses; 17 proezas personales al servicio de la única verdad; 17 cruzados para la Historia de la justicia universal; 17 rezos de Gloria virtuosa; 17 vidas ejemplares cantando al unísono un adiós grave desde la luz y la altura; 17 murmullos que se extinguen a golpe de imprenta mística, glorificante, aduladora, complaciente; 17 seres forzados a perpetuarse más allá de su existencia misma, aplastado el yo por la impersonal máquina de hacer héroes clónicos a voluntad ajena, momificados, embalsamados para mayor Gloria de quién despide sin perder, de quién llora sin sentir, de quién juega con la vida que no le es propia y con la muerte de los que se van, de los que se han ido, de los que ya no están.
17 voces ahogadas; 17 miradas apagadas; 17 sueños que despertaron angustiados, ansiosos, en una común pesadilla; 17 muertos; 17 desgracias; 17 lutos; 17 vacíos en 17 colchones; 17 almohadas sin la cálida huella de la familiar cabeza recién levantada cualquier sábado ahora irrepetible; 17 crisantemos agonizando entre la hierba húmeda que se encorva apesadumbrada sobre una tierra indiferente y sepulturera de rostros, bocas, ojos, manos y dedos; 17 sillas inmóviles en 17 mesas; 17 ausencias penitentes, observantes desde las paredes de 17 hogares, desde cada rincón, desde cada armario, desde cada sombra; 17 huecos en 17 sofás, frente a 17 frívolos televisores; 17 silencios; 17 nombres como arados, surcando funestos 17 lápidas heladas; 17 vacíos en 17 intimidades unidas y distantes en el solitario abismo del fúnebre adiós sin despedida.
JUAN VALLEJO