LuisSepulvedaMasson
25-12-2007 , 22:17
Tal vez el libro más mal entendido de la Biblia es el libro de Job. En algunas iglesias el libro de Job es más citado que el Nuevo Testamento, y la frase “Jehová dio, y Jehová quitó” (Job 1:21), es más conocido que las palabras de Jesús cuando dijo, “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
¿Existe similitud entre la vida de Job y la vida del creyente? ¿Job representa un ejemplo o un patrón para el cristiano? ¿Tienen las declaraciones de Job más autoridad que las de Jesús y Pablo? Estas son preguntas substanciales y merecen una respuesta clara.
Job es, tal vez, el libro más antiguo de la Biblia. Habla de un hombre que vivió después de Noé y antes de Abraham. Era el hombre más rico de la época, un hombre perfecto, recto y temeroso de Dios. Satanás, en su rol de acusador (Apocalipsis 12:10), tienta a Dios para que quite de Job su abundancia (Job 1:6-11). Pero Dios no puede ser tentado por el mal (Santiago 1:13) e informa al diablo que la abundancia de Job está bajo su poder, o sea Satanás tenía el dominio. “Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano” (Job 1:12). Desde el pecado de Adán y Eva en el huerto de Edén, el diablo ha sido el “dios de este siglo” y ha tenido autoridad para “robar, matar y destruir” (2 Corintios 4:4 y Juan 10:10).
La única forma que existe para experimentar la protección de Dios de los ataques del diablo es a través de un pacto. Un pacto es un acuerdo entre Dios y una persona, o un grupo de personas, que extiende a ellos la provisión, protección y abundancia de Dios, mientras ellos obedezcan la voz de Dios y los reglamentos del pacto. Al leer el libro de Job, es obvio que éste no participaba en el pacto que Dios cortó con Abraham porque Job no disfrutaba de la protección que existía bajo el pacto. Dios había declarado a Abram, “No temas, Abram; yo soy tu escudo” (Génesis 15:1). Job vivía en temor y no contaba con el escudo de Dios.
Job tampoco disfrutaba de las promesas que existían bajo el pacto de la ley. Dios había prometido a Israel, “Jehová derrotará a tus enemigos que se levantaren contra ti; por un camino saldrán contra ti, y por siete caminos huirán de delante de ti” (Deuteronomio 28:7). El diablo y los enemigos de Job le quitaron todo en poco tiempo, porque Job fue un hombre bendecido, pero no protegido por un pacto. El sacrificaba en temor y su vida reflejaba más la vida de un hombre que no obedecía la voz de Dios; “si no oyeres la voz de Jehová tu Dios... tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida” (Deuteronomio 28:15 y 66). Job había declarado, “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía” (Job 3:25). Es obvio que Job vivía sin la certeza de un pacto de protección de parte de Dios.
El hecho de que Job fuese un hombre perfecto y recto le salvó la vida. “El justo es librado de la tribulación... mas la justicia librará de muerte” (Proverbios 11:8 y 4). Pero fue un hombre sin conocimiento y sin revelación. Después de muchas discusiones teológicas con sus amigos acerca de todo el mal que le había sucedido, Dios interrumpió la conversación de los hombres y le declaró a Job su majestad y poder. La respuesta de Job es importante para todos aquellos que tienen interés en este libro tan antiguo. “Hablaba lo que no entendía... De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:3,5-6). Aún siendo un hombre “perfecto,” Job tenía que arrepentirse ante la revelación de Dios. Esta declaración efectivamente anula casi todas las conversaciones que ocupan tantos capítulos y espacio. Job admitió su ignorancia, intercedió por sus amigos, y Dios aumentó al doble todo lo que había pertenecido a Job.
Entonces, ¿qué podemos aprender del libro de Job? En verdad, hay mucho. El libro de Job nos sirve, mas que nada, como un ejemplo del hombre que no tiene un pacto con Dios, o no tiene conocimiento del pacto, siendo ignorante y temeroso.
Cuando comparamos la vida de Job con la vida del creyente, es posible ver cuán bendecidos somos, y la riqueza de la provisión que existe por fe en Cristo Jesús. Todavía, hoy en día, el diablo sigue buscando a gente de Dios que no tenga conocimiento de sus derechos ni su autoridad. “El diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:7). El diablo tuvo acceso a Job, y el temor de Job le abrió la puerta a su vida.
Veamos ahora algunas de las diferencias que existen entre la vida de Job y la vida del creyente.
1. Job no tenía un pacto con Dios.
Ya hemos visto que Job no disfrutaba de la seguridad que proviene de un pacto con Dios. El vivía y sacrificaba en temor, y sus enemigos y el diablo tenían acceso a todas sus cosas.
Pero, ¿qué de nosotros? Gracias a Dios, no solamente tenemos un pacto, sino tenemos el mejor pacto posible. “Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo (Jesús), cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (Hebreos 8:6). El pacto que Dios nos dio, por medio del sacrificio y la resurrección de Jesús, es por su gracia, y depende de nuestra fe el que tenga poder en nuestras vidas. En este pacto existen promesas de salvación, sanidad, protección, provisión, paz, autoridad, gozo y mucho más. Job no disfrutaba de nada similar. Lamentablemente, si somos ignorantes del Nuevo Pacto, tampoco disfrutaremos de sus beneficios.
2. Job no tenía conocimiento del diablo.
En el Antiguo Testamento, existen muy pocas referencias al diablo. Para muchos de los autores del Antiguo Testamento, todo lo que pasaba en la vida provenía de Dios, fuese bueno o malo. Sin embargo, en Malaquías 3:11, Dios declara que “reprenderé también por vosotros al devorador,” pero jamás había mencionado antes quién era o su rol en el mundo. Era un tema casi desconocido antes de Jesús.
Pero el diablo existía en los tiempos antiguos, y de hecho Jesús y los autores del Nuevo Testamento nos aclararon bastante el tema . El diablo es “el dios de este siglo” (2 Corintios 4:4), “el príncipe de este mundo” (Juan 12:31), “el ladrón” (Juan 10:10), “el príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2), y “el maligno” (1 Juan 5:19). Su rol es robar, matar y destruir (Juan 10:10), y su dominio es el mundo entero (1 Juan 5:19). El diablo mismo declaró a Jesús que los reinos de la tierra, su potestad y la gloria de ellos a él fueron entregados (Lucas 4:5-6). ¡Y Jesús no lo niega! Así fue en el tiempo de Job, también.
Job vivía sin este conocimiento, y entonces, erróneamente culpaba a Dios por sus aflicciones. “Porque las saetas del Todopoderoso están en mí, Cuyo veneno bebe mi espíritu; Y terrores de Dios me combaten” (Job 6:4). Pero nosotros sabemos que nuestra lucha no es contra Dios, sino “contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12), y si tomamos el escudo de la fe, podemos “apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16).
¿Existe similitud entre la vida de Job y la vida del creyente? ¿Job representa un ejemplo o un patrón para el cristiano? ¿Tienen las declaraciones de Job más autoridad que las de Jesús y Pablo? Estas son preguntas substanciales y merecen una respuesta clara.
Job es, tal vez, el libro más antiguo de la Biblia. Habla de un hombre que vivió después de Noé y antes de Abraham. Era el hombre más rico de la época, un hombre perfecto, recto y temeroso de Dios. Satanás, en su rol de acusador (Apocalipsis 12:10), tienta a Dios para que quite de Job su abundancia (Job 1:6-11). Pero Dios no puede ser tentado por el mal (Santiago 1:13) e informa al diablo que la abundancia de Job está bajo su poder, o sea Satanás tenía el dominio. “Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano” (Job 1:12). Desde el pecado de Adán y Eva en el huerto de Edén, el diablo ha sido el “dios de este siglo” y ha tenido autoridad para “robar, matar y destruir” (2 Corintios 4:4 y Juan 10:10).
La única forma que existe para experimentar la protección de Dios de los ataques del diablo es a través de un pacto. Un pacto es un acuerdo entre Dios y una persona, o un grupo de personas, que extiende a ellos la provisión, protección y abundancia de Dios, mientras ellos obedezcan la voz de Dios y los reglamentos del pacto. Al leer el libro de Job, es obvio que éste no participaba en el pacto que Dios cortó con Abraham porque Job no disfrutaba de la protección que existía bajo el pacto. Dios había declarado a Abram, “No temas, Abram; yo soy tu escudo” (Génesis 15:1). Job vivía en temor y no contaba con el escudo de Dios.
Job tampoco disfrutaba de las promesas que existían bajo el pacto de la ley. Dios había prometido a Israel, “Jehová derrotará a tus enemigos que se levantaren contra ti; por un camino saldrán contra ti, y por siete caminos huirán de delante de ti” (Deuteronomio 28:7). El diablo y los enemigos de Job le quitaron todo en poco tiempo, porque Job fue un hombre bendecido, pero no protegido por un pacto. El sacrificaba en temor y su vida reflejaba más la vida de un hombre que no obedecía la voz de Dios; “si no oyeres la voz de Jehová tu Dios... tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida” (Deuteronomio 28:15 y 66). Job había declarado, “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía” (Job 3:25). Es obvio que Job vivía sin la certeza de un pacto de protección de parte de Dios.
El hecho de que Job fuese un hombre perfecto y recto le salvó la vida. “El justo es librado de la tribulación... mas la justicia librará de muerte” (Proverbios 11:8 y 4). Pero fue un hombre sin conocimiento y sin revelación. Después de muchas discusiones teológicas con sus amigos acerca de todo el mal que le había sucedido, Dios interrumpió la conversación de los hombres y le declaró a Job su majestad y poder. La respuesta de Job es importante para todos aquellos que tienen interés en este libro tan antiguo. “Hablaba lo que no entendía... De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:3,5-6). Aún siendo un hombre “perfecto,” Job tenía que arrepentirse ante la revelación de Dios. Esta declaración efectivamente anula casi todas las conversaciones que ocupan tantos capítulos y espacio. Job admitió su ignorancia, intercedió por sus amigos, y Dios aumentó al doble todo lo que había pertenecido a Job.
Entonces, ¿qué podemos aprender del libro de Job? En verdad, hay mucho. El libro de Job nos sirve, mas que nada, como un ejemplo del hombre que no tiene un pacto con Dios, o no tiene conocimiento del pacto, siendo ignorante y temeroso.
Cuando comparamos la vida de Job con la vida del creyente, es posible ver cuán bendecidos somos, y la riqueza de la provisión que existe por fe en Cristo Jesús. Todavía, hoy en día, el diablo sigue buscando a gente de Dios que no tenga conocimiento de sus derechos ni su autoridad. “El diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:7). El diablo tuvo acceso a Job, y el temor de Job le abrió la puerta a su vida.
Veamos ahora algunas de las diferencias que existen entre la vida de Job y la vida del creyente.
1. Job no tenía un pacto con Dios.
Ya hemos visto que Job no disfrutaba de la seguridad que proviene de un pacto con Dios. El vivía y sacrificaba en temor, y sus enemigos y el diablo tenían acceso a todas sus cosas.
Pero, ¿qué de nosotros? Gracias a Dios, no solamente tenemos un pacto, sino tenemos el mejor pacto posible. “Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo (Jesús), cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (Hebreos 8:6). El pacto que Dios nos dio, por medio del sacrificio y la resurrección de Jesús, es por su gracia, y depende de nuestra fe el que tenga poder en nuestras vidas. En este pacto existen promesas de salvación, sanidad, protección, provisión, paz, autoridad, gozo y mucho más. Job no disfrutaba de nada similar. Lamentablemente, si somos ignorantes del Nuevo Pacto, tampoco disfrutaremos de sus beneficios.
2. Job no tenía conocimiento del diablo.
En el Antiguo Testamento, existen muy pocas referencias al diablo. Para muchos de los autores del Antiguo Testamento, todo lo que pasaba en la vida provenía de Dios, fuese bueno o malo. Sin embargo, en Malaquías 3:11, Dios declara que “reprenderé también por vosotros al devorador,” pero jamás había mencionado antes quién era o su rol en el mundo. Era un tema casi desconocido antes de Jesús.
Pero el diablo existía en los tiempos antiguos, y de hecho Jesús y los autores del Nuevo Testamento nos aclararon bastante el tema . El diablo es “el dios de este siglo” (2 Corintios 4:4), “el príncipe de este mundo” (Juan 12:31), “el ladrón” (Juan 10:10), “el príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2), y “el maligno” (1 Juan 5:19). Su rol es robar, matar y destruir (Juan 10:10), y su dominio es el mundo entero (1 Juan 5:19). El diablo mismo declaró a Jesús que los reinos de la tierra, su potestad y la gloria de ellos a él fueron entregados (Lucas 4:5-6). ¡Y Jesús no lo niega! Así fue en el tiempo de Job, también.
Job vivía sin este conocimiento, y entonces, erróneamente culpaba a Dios por sus aflicciones. “Porque las saetas del Todopoderoso están en mí, Cuyo veneno bebe mi espíritu; Y terrores de Dios me combaten” (Job 6:4). Pero nosotros sabemos que nuestra lucha no es contra Dios, sino “contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12), y si tomamos el escudo de la fe, podemos “apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16).