Marcela
01-11-2007 , 05:04
¡Viva el cáncer!, escribió alguna mano
enemiga en un muro de Buenos Aires.
La odiaban, la odian, los biencomidos:
Por pobre, por mujer, por insolente.
Ella los desafiaba hablando y los ofendía
viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo
para actriz de melodramas baratos,
Evita se había salido de su lugar.
La querían, la quieren , los malqueridos;
Por su boca ellos decían y maldecían.
Además Evita era el hada rubia que
abrazaba al leproso y al haraposo y daba
paz al desesperado, el incesante manantial
que prodigaba empleos y colchones,
zapatos y máquinas de coser,dentaduras
postizas, ajuares de novia.
Los míseros recibían estas caridades
desde al lado, no desde arriba, aunque
Evita luciera joyas despampanantes y en
pleno verano ostentara abrigos de visón.
No es que le perdonaran el lujo:
se lo celebraban. No sentía
el pueblo humillado sino vengado
por sus atavíos de reina.
Ante el cuerpo de Evita, rodeado de
claveles blancos, desfila el pueblo
llorando. Día tras día, noche tras noche,
la hilera de antorchas: una caravana
de dos semanas de largo.
Suspiran, aliviados, los usureros,
los mercaderes, los señores de la tierra.
Muerta Evita, el presidente Perón
es un cuchillo sin filo.
Eduardo Galeano.
enemiga en un muro de Buenos Aires.
La odiaban, la odian, los biencomidos:
Por pobre, por mujer, por insolente.
Ella los desafiaba hablando y los ofendía
viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo
para actriz de melodramas baratos,
Evita se había salido de su lugar.
La querían, la quieren , los malqueridos;
Por su boca ellos decían y maldecían.
Además Evita era el hada rubia que
abrazaba al leproso y al haraposo y daba
paz al desesperado, el incesante manantial
que prodigaba empleos y colchones,
zapatos y máquinas de coser,dentaduras
postizas, ajuares de novia.
Los míseros recibían estas caridades
desde al lado, no desde arriba, aunque
Evita luciera joyas despampanantes y en
pleno verano ostentara abrigos de visón.
No es que le perdonaran el lujo:
se lo celebraban. No sentía
el pueblo humillado sino vengado
por sus atavíos de reina.
Ante el cuerpo de Evita, rodeado de
claveles blancos, desfila el pueblo
llorando. Día tras día, noche tras noche,
la hilera de antorchas: una caravana
de dos semanas de largo.
Suspiran, aliviados, los usureros,
los mercaderes, los señores de la tierra.
Muerta Evita, el presidente Perón
es un cuchillo sin filo.
Eduardo Galeano.
