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Mira lo que trajo el gato.

Doris
28-07-2009 , 19:41
Espero que esto me salga bien porque es la primera vez que lo hago. Me gustaría compartir algo que escribí hace mucho tiempo, la primera vez que vi la serie y que hace poco me enteré que era un fan-fic. Lo que son las cosas. Creo que debo advertir lo clásico: que los personajes no me pertencen (excepto los que sí son míos pero que puedo prestar a quien los necesite), etc. etc.
Espero que no os enfadeis si he infringido alguna regla no escrita sobre la pareja Brian/Justin, pero es que ya me tenían hasta el moño de ahora sí/ahora no y me inventé un final alternativo a la serie porque sí, porque me apetecía . Ahí va :


MIRA LO QUE TRAJO EL GATO

Hacía cuatro meses que no se veían. ¿Cómo era posible que ya casi ni le doliera?. Quizás porque no había sucedido de golpe, sino que había sido algo muy gradual.

Primero fue aquella vez en que llamó para comunicarle a qué hora llegaba su vuelo y Justin le dijo que mejor lo dejaran para la próxima semana, que iba a estar muy liado y no le iba a poder dedicar el tiempo que se merecía. A ese fin de semana le habían sucedido otros por el estilo. Quizás lo más doloroso era cuando estaban juntos y Justin parecía ansioso, inquieto, como si tuviese muchas cosas que hacer y Brian se lo estuviese impidiendo, o quizás estorbando.. Él lo entendía, era muy frustrante, pero lo entendía. Recordaba cuando tenía su edad y estaba empezando su carrera. Recordaba el entusiasmo, las prisas por demostrar lo que valía, los días no parecían tener las horas suficientes. No se había olvidado de que a esa edad era todo muy importante. Parecía que el tiempo se acababa y tu no llegabas a donde querías con la suficiente velocidad. Lo que ahora eran meros problemas que había que solucionar y punto, entonces eran obstáculos insalvables y todo era cuestión de vida o muerte.

También era consciente de que Justin había perdido parte de su adolescencia estando con él, y que tenía que vivir su vida y descubrir el mundo más allá de él. Al principio dolía, joder cómo dolía.

Estaba orgulloso de él. Según Lindsay estaba en el buen camino y se dirigía hacia arriba muy deprisa. Claro que eso le obligaba a dejar atrás ciertas cosas, y personas. Aquel mundo era muy exigente. No solo tenía que trabajar como un loco, también se tenía que vender. Desde fuera se ve al artista como un ser que no se preocupa de nada más que de su arte y vive su mundo interior, pero en realidad es una carrera de obstáculos en la que no puedes descuidarte porque la joven promesa de hoy puede que mañana sea un producto desechado en favor de una nueva estrella en el horizonte.

Habían pasado 13 meses desde que se marchó. Al principio se veían casi todos los fines de semana. Siempre era Brian el que iba a Nueva York. Los lunes estaba hecho unos zorros. Se iba el viernes a la salida del trabajo y volvía el domingo de madrugada para aprovechar al máximo el tiempo. La empresa iba cada vez mejor, lo que quería decir que tenía mucho, mucho trabajo. Tanto que a veces lo único de lo que tenía ganas cuando llegaba el viernes era de meterse en la cama y dormir. Pero cogía el avión e iba a ver a Justin, sintiéndose culpable porque debería quedarse trabajando. Quizás fuese ese agotamiento lo que provocó el principio del fin.

Después de varios fines de semana insatisfactorios, excepto en lo que concernía al sexo, empezaron las recriminaciones por ambas partes. Que si no entiendes este mundo; que si no te das cuenta del esfuerzo que hago por venir cada semana abandonando mi trabajo; que si tus amigos son unos imbéciles pretenciosos; que para esto era mejor que no hubieses venido y te hubieses quedado en Pittsburgh; que quién es ese con el que hablabas en la exposición a la que me has arrastrado; que….Brian tengo algo que decirte, quizás deberíamos dejar de vernos una temporada, lo nuestro no parece ir a ningún sitio y vamos a acabar por odiarnos….

Se acabó. Los dos lo veían venir, pero aún así a Brian le pilló por sorpresa. Lo que más le cabreaba era que otra vez había sido Justin el que le había abandonado. Comprendía que las otras veces la culpa había sido suya por no querer darle lo que necesitaba. Pero ¿y ahora?. Había cambiado toda su forma de vida y sus principios por Justin y aún así tampoco había sido suficiente. Se sentía traicionado y muy, muy dolido. Si hubiese sabido qué otra cosa hacer para solucionarlo, lo hubiese hecho. Pero no se le ocurrió nada. Hasta que al final dejó de sentirse culpable.

Las primeras semanas fueron las más duras, pero lentamente lo fue superando como siempre hacía, sumergiéndose en el trabajo. De vez en cuando salía con los demás a tomar una copa. No se lo dijo a nadie, pero no había que ser adivino para darse cuenta de lo que había pasado, aunque claro, daban por sentado que la culpa la había tenido él. La verdad es que le importaba una mierda lo que pensaran. En eso no había cambiado.

Y poco a poco había llegado la normalidad. Trabajo, copas, polvos rápidos, visitas a Toronto para ver a su hijo. Como siempre deseó que fuese su vida. Como siempre debería haber sido si no hubiera aparecido aquel adolescente rubio y exasperante que se había colado en su vida a la fuerza, que le había obligado a abrirse a un mundo de sentimientos que él no quería tener y que le había dado los mejores y los peores momentos de su vida.

Hasta que ocurrió aquello.

Estaba en su piso con una bebida en la mano, era la tercera, y todavía no se explicaba lo que había pasado. Se sentía como si el suelo bajo sus pies se hubiese movido y hubiera perdido de repente las referencias que habían regido su vida hasta entonces. . Estaba totalmente descolocado.

Había sucedido esa tarde. Era la segunda reunión que tenían con la compañía de viajes cuya cuenta estaban intentando conseguir. Habían venido los mismos tres directivos a los que ya conocían. Una mujer muy interesante, un hombre bastante joven que fue quien llevó la voz cantante y el otro hombre, Mark Moss, el que se parecía tanto al doctor extranjero de la serie Urgencias, el doctor Kovac o algo así. Era muy alto, más incluso que él, y debía pesar al menos 15 kilos más. Como la vez anterior, no había abierto la boca en toda la reunión. Se había limitado a observarlo todo, sin mover un músculo y sin decir una palabra y aunque tenía una mirada como adormilada, estaba claro que no se había perdido ni un detalle. En realidad, le ponía nervioso.

Una vez hecha la presentación estuvieron comentando, durante al menos media hora, los aspectos que al cliente le habían gustado y los que no. Estaba claro que no era lo que ellos estaban buscando, pero realmente eran gente con buena ideas y muy inteligentes. Cuando finalmente dieron por terminada la reunión, no tenía nada claro que lo hubiesen conseguido. Y le daba rabia , no ya por el dinero que hubiera supuesto, sino porque de verdad que le habían caído bien y le hubiese gustado trabajar para ellos.

Se despidieron en la puerta de la sala de reuniones y Brian se dirigió a su despacho. Estaba cansado y le dolía un poco la cabeza. Cuando iba a entrar oyó unos pasos tras él, se dio la vuelta y se encontró con Mark Moss.

- ¿Podríamos hablar en privado, Sr. Kinney?.

- Por supuesto, Sr. Moss. -Abrió la puerta y le dejó pasar.

El hombre se movió lentamente por el despacho, curioseando, mirando la pared de azulejos y haciendo un gesto de aprobación de lo que veía.

-Bien, Sr. Kinney. Me gustaría decirle que, aunque no es exactamente lo que queremos, me ha gustado mucho su estilo. Había oído hablar de usted y tengo que decir que no me ha defraudado.

- Gracias, Sr. Moss. Creo que después de la reunión tengo mucho más claro que es lo que ustedes desean y podríamos dárselo si, al final, decidieran confiar en nosotros.

Moss se dio la vuelta y se le quedó mirando fijamente, sin decir nada. Verdaderamente era un hombre que hablaba poco. Se acercó lentamente hasta donde estaba Brian, que estaba apoyado contra la pared que en su tiempo fueron las duchas de la sauna. . Se estaba poniendo nervioso. No sabía qué quería el hombre y se sentía intimidado por su altura y también por su mirada, que parecía atravesarle.

-No se preocupe Sr. Kinney. Ya tiene el contrato. Pero me gustaría saber si realmente me puede dar lo que tengo en mente en éstos momentos.

Brian no se lo podía creer. Conocía el juego demasiado bien, pero era él quien siempre llevaba la voz cantante y nunca se había encontrado en el otro lado. No sabía cómo encajarlo.

- Perdón Sr. Moss, pero quizás debiéramos discutir los términos del contrato en otro momento. Tengo un asunto urgente que atender y me tengo que marchar.

Brian intentó apartarse pero Moss apoyó las manos a los lados de su cuerpo impidiendo que se moviera.

- ¿De verdad quiere marcharse en estos momentos?. Me decepciona usted. Tenía entendido que nunca dejaba un asunto sin concluir.

Y entonces, mirándole fijamente a los ojos, se acercó muy despacio a su boca. Brian intentó girar la cara.

- Yo no beso.

- Chorradas.

En el mismo instante que decía eso ya le tenía atrapada la boca en un beso lento y sensual. Brian intentó permanecer frío e indiferente, pero no pudo evitar abandonarse a las sensaciones que le producía la boca del hombre. A veces besos cortos y húmedos. Otras con la lengua explorando y saboreando al otro. Era un beso de esos que se dan por placer, no como preparación para lo que viene después. Estuvieron así mucho rato. Cuando Brian intentaba ir más allá, Moss le refrenaba abrazándole más estrechamente y calmándole.

Brian había perdido la noción del tiempo y del espacio. Estaba como flotando. Se sentía increíblemente bien. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de algo tan bueno. Por fin las cosas empezaron a ir más deprisa. Pasaron a tocarse. Moss le quitó la chaqueta, la corbata y le sacó la camisa sin desabrochar por la cabeza. Fue dejándole un rastro de besos desde el lóbulo de la oreja hacia abajo por la garganta hasta llegar al pecho y le atrapó el pezón, provocando un gemido.

Cuando Brian intentó sacarle la chaqueta a Moss de los hombros, éste le sujetó las muñecas y se las subió por encima de la cabeza, aplastándole con su cuerpo contra la pared y besándole de nuevo, hasta que Brian se olvidó incluso de su nombre.

Entonces Moss se detuvo y se quedó mirando a Brian hasta que éste abrió los ojos, le dio un último beso y le giró de cara a la pared. Cuando el cerebro de Brian fue capaz de procesar lo que estaba sucediendo, intentó darse la vuelta y dijo alarmado:

- ¡Eh!, yo soy activo.

- Chorradas.

Volvió a sujetarle las muñecas con una mano y le puso los brazos por encima de la cabeza. Empezó a besarle la nuca, los hombros y a pasarle la otra mano por el pecho, despacio, acariciando lentamente el abdomen, yendo cada vez más hacia abajo, hasta que llegó al pantalón. Desabrochó el cinturón con facilidad, y después bajó la cremallera, mientras le seguía besando el hombro y el cuello y la espalda. Cuando le soltó las muñecas acercó la boca a su oído y le dijo muy bajito:

-Ni se te ocurra bajar las manos.

Y Brian obedeció.

Le bajó los pantalones hasta los pies y se los fue sacando despacio junto con los zapatos. Después hizo lo mismo con los calzoncillos. Brian lo único que fue capaz de pensar es que ¿cómo era posible que él estuviese completamente desnudo y el otro completamente vestido?.

Volvió a acariciarle. Le pasó las manos despacio, apenas rozándole con los dedos, desde el interior de los brazos, las axilas y los flancos hacia el abdomen y más abajo, por las caderas hasta el interior de los muslos y vuelta hacia arriba, así varias veces, al mismo tiempo que le dejaba una procesión de besos, mordiscos y lametones desde la nuca hasta las nalgas. Notaba el roce de la ropa de Moss contra su piel desnuda. Era lo más erótico y sensual que Brian había sentido jamás, sin siquiera haberle rozado los genitales.

El cerebro de Brian parecía lleno de algodón. No se dio cuenta que Moss se había detenido hasta que oyó la hebilla del cinturón y unos instantes después el sonido del envoltorio del condón al rasgarse. Entonces se puso rígido.

El hombre le sujetó por las caderas, le separó un poco de la pared y le hizo abrir más la piernas, quedando con las manos apoyadas en el muro. Moss se acercó a su oído y después de darle un ligero beso le dijo:

- No te preocupes, iré muy despacio.

Le tenía sujeto con un brazo cruzándole el pecho y con la otra mano le fue acariciando lentamente hasta que se abrió paso primero con un dedo y más tarde con dos, mientras Brian respiraba profundamente para acostumbrarse a la invasión. Después Moss fue entrando en él muy despacio, al mismo tiempo que le iba susurrando al oído: “tranquilo”...., “respira hondo”...., “ya falta poco...”, “relájate un poco más...”, “así, vamos, que ya casi está”....

Brian nunca había sentido algo como eso. Se lo habían hecho más veces, pero nunca así, nadie con tanto control y tan despacio.
Y luego, “ya está, ahora vamos a bailar”. Y comenzó a moverse pausadamente, al mismo tiempo que le acariciaba la polla con el mismo ritmo. No habría podido decir cuánto tiempo estuvieron así, pero desde luego fue mucho rato. Luego la cosa fue acelerándose hasta que el orgasmo que se había ido generando en sus entrañas fue desarrollándose y creciendo hasta recorrerle como una corriente eléctrica todo el cuerpo y estalló en una serie de relámpagos que le dejaron sin respiración, y cuya sensación todavía sentía varios minutos después. Moss se había corrido unos segundos más tarde que Brian, y todavía estaba dentro de él, con la frente apoyada en su nuca , intentando recuperar el aliento. Por fin se retiró, se quitó el preservativo, lo tiró a la papelera y se limpió la mano con un pañuelo. Mientras, Brian se había limpiado con un kleenex.

Se acercó de nuevo a Brian mirándole fijamente a los ojos. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano y le dibujó el contorno de los labios con un dedo, le sujetó el rostro entre las manos y volvió a besarle igual que la primera vez. Tranquilamente, parecía que ese hombre lo hacía todo con el mismo ritmo, suave, sin prisas.

Al cabo del rato se separó, se cerró el pantalón y el cinturón. Brian se puso los calzoncillos y estaba intentando ponerse los pantalones pero su estabilidad no era muy buena. Sus piernas todavía no le respondían del todo. Moss se los quitó de la mano y se agachó para que pudiera meter primero un pie y después el otro, apoyándose en sus hombros, y se los subió dejando que él solo se los abrochara. Recogió la camisa del suelo, le desabrochó los botones y se la pasó para que Brian se la pusiera. Cuando acabó, cogió la corbata la sacudió y él mismo, con cuidado, se la pasó por el cuello y le hizo el nudo, mirándole todo el tiempo a los ojos. Fue un gesto tan íntimo que Brian no pudo evitar estremecerse. Cuando Brian cogió la chaqueta para ponérsela, Moss se la quitó de las manos y se colocó tras él para que pudiera meter los brazos por las mangas. Luego le giró y le cerró los dos botones, le pasó las manos por las solapas, le peinó el pelo con los dedos y le acarició la mejilla. No habían pronunciado ni una sola palabra.

Entonces, Moss se dirigió hacia la puerta, le miró por encima del hombro y con cierto deje de admiración dijo:

- Me encanta lo que has hecho con el local de la sauna. Me gusta tu estilo. La próxima vez nos lo tomaremos con más calma.

Salió y cerró tras él.

Lo primero que pasó por su mente fue: ¿qué coño ha pasado?, y lo segundo: ¿con más calma?, ¿más aún?.

El resto de la tarde la había pasado en una nebulosa. Cuando Ted entró para preguntar si necesitaba algo o si ya podía irse, le encontró con la mirada perdida fija en la pared donde había ocurrido todo.
- Brian, ¿te ocurre algo?, ¿te encuentras bien?.

-¿Eh?. Oh, sí mmmm….

-¿Crees que al final nos darán la cuenta?

- Supongo que sí….- y siguió mirando a la pared.

Eso había sucedido hacía unas cinco horas y todavía no había conseguido centrarse. Claro que la bebida y el porro no estaban ayudando mucho. Después había decidido no pensar más en ello, había cenado un sandwich y se había metido en la cama dispuesto a olvidarse del tema. Por supuesto no lo había conseguido.

No quería darle importancia al asunto pero le resultaba imposible. Pensaba una y otra vez en las decenas, cientos de veces, que él había hecho lo mismo con alguien. Había invadido su espacio, le había intimidado con su presencia, le había acorralado contra una pared y le había dado un polvo que recordaría durante mucho tiempo. O eso era lo que él creía hasta hacía un rato. Era muy consciente de que no tenía nada que ver con la corpulencia o la altura. Había que tener mucha confianza en uno mismo, muchísima experiencia y, quizás también, mucha caradura. Estaba firmemente convencido, desde hacía años, que lo había probado todo y que no había nadie que pudiera enseñarle algo con respecto al sexo sano, de las perversiones puede que no lo supiese todo. Ahora se sentía un aficionado.

¡Por Dios!, ¡pero si le habían dado!, ¡a él!, ¡a Brian Kinney!. Y había sido un desconocido. Y mayor, bueno, por lo menos mucho menos joven de lo que él acostumbraba. En los últimos años sólo se lo había permitido a Justin unas pocas veces, y antes sólo cuando no era más que un adolescente. Él que se creía una bendición para los maricas, ahora se daba cuenta que no tenía ni idea de lo que era follar. Aunque aquello en realidad estaba en otra categoría. Era como si Moss jugase en una liga que él no sabía ni que existía. No sabía como definirlo, había sido algo ¿delicado?, ¿elegante?, y él sabía que el sexo no era así. Era rudo, sudoroso y sucio. Pero lo que de verdad le había asustado había sido la pérdida total de control de la situación. Desde el mismo momento en que Moss se acercó a él, sentía que había perdido por completo la capacidad de razonar y tomar decisiones, y eso, a alguien tan controlador como era él, le daba mucho miedo.

Cada vez que recordaba lo sucedido notaba como el calor le subía por todo el cuerpo y sentía una sensación de sofoco que le cortaba hasta la respiración. Parecía como si hubiera sido su primera vez. Lo que más recordaba no era el sexo en sí sino lo de después, cuando le acarició y besó y le ayudó a vestirse. Fue un gesto tan íntimo, personal y atento, como si de verdad le importara que Brian estuviera bien. Lo que le hizo reflexionar sobre lo egoísta que él era. Lo único que él buscaba era su propia satisfacción y cuando acababan él siempre los echaba de malos modos, porque sino, siempre se quedaban colgados de él esperando algo más. Y eso ahora le hizo sentir mal. Pensó que si Moss hubiese hecho lo mismo con él se hubiese sentido usado y humillado. Al fin el sueño, el cansancio y esa capacidad suya de borrar de su cabeza aquello que no quería sentir, le vencieron y durmió el resto de la noche de un tirón.

Al día siguiente consiguió concentrarse en el trabajo y olvidarse de todo. Hasta que Cynthia le llamó por teléfono:

- Brian, cógelo. Es el Sr. Moss.

El corazón le dio un vuelco. No quería hablar con él. Sentía vergüenza o puede que fuese miedo. Pero no estaba preparado en esos momentos para enfrentarlo.

-Dile que no puedo atenderle ahora. Invéntate algo. Que ya le llamaré yo cuando pueda.- Dijo hosco.

Ella se extrañó, era un posible cliente, pero a estas alturas ya no intentaba entender a su jefe.

- Sr. Moss. Lo siento, pero el Sr. Kinney está en estos momentos en una reunión y no puede atenderle. Él le llamará cuando acabe.

Moss soltó una carcajada y dijo riendo:

- Oh, vamos preciosa. Dígale a su jefe que no sea tan gallina y que se ponga al teléfono. Y no intente convencerme de que no puede.

Ella se quedó paralizada por unos segundos, pero enseguida una sonrisa se asomó a sus labios y volvió a llamar a Brian.

- Brian, dice el Sr. Moss que no seas gallina y que cojas el teléfono. Me ha parecido que es de los que no aceptan un no por respuesta. ¿Es que ha sucedido algo que deberíamos saber?. – Lo dijo con un tono pícaro, casi riendo.

- Oh, cállate. – Cogió la llamada. No sabía qué decir. Se sentía tímido.- Buenas tardes Sr. Moss. …

- Hola Brian. Llámame Mark, creo que después de lo de ayer sobran las formalidades. ¿Te apetece cenar conmigo esta noche?.

-……

-Vamos, podríamos hablar de negocios y conocernos mejor.

-.....

- De verdad que me gustaría volver a verte.

Brian no era capaz de pensar. En realidad lo que ocurría es que su cerebro iba tan deprisa que no podía ni siquiera hablar. Era la primera vez que se quedaba sin palabras. Entonces Mark dijo:

- Te espero a las siete en Le Pommier. – Y colgó.

Brian pensó que si Moss creía que iba a ir es que estaba loco. Antes se helaría el infierno.

Y así fue cómo empezaron a verse. Dos o tres veces a la semana. Siempre acababan en la casa de Mark. Primero cenaban, hablaban, se iban a casa y follaban, Después de un par de días, por fin había conseguido que saliera el auténtico Kinney. Ese que tenía la fama de ser el mejor polvo de Pittsburgh. El sexo con Mark se había convertido en algo muy interesante y divertido cuando finalmente recuperó su capacidad de tomar decisiones. Pero también charlaban. Mucho. Cuando Brian se quiso dar cuenta ya le había contado a Mark en una semana más cosas de las que le había contado a nadie en toda su vida. Hablar con él era extremadamente fácil, sobre todo, porque no podía engañarle.
En eso se parecía a Debb. Cada vez que Brian intentaba disfrazar la verdad de lo que sentía, el otro se daba cuenta.

Mark también le contó muchas cosas. Por ejemplo, que tenía 41 años, que su familia era dueña de una cadena de hoteles, además de las agencias de viajes. Que había estudiado Empresariales para poder llevar los negocios, y también Psicología porque era lo que le gustaba. Aunque, según él, había conseguido mejores negocios gracias a la Psicología que a las Empresariales. Y gracias a la Psicología había calado a Brian desde el principio.

Llevaban viéndose un par de meses y a esas alturas le había contado lo del alcoholismo de su padre, las palizas a su madre y a él, el desprecio de su familia. También le había hablado de Debb, de Michael, y lo que habían representado en su vida. Le habló sobre el cáncer y del miedo que había pasado. También sobre Linds, su hijo, Emmett, Ted y los demás. Y le había contado todo sobre Justin, cómo se había introducido en su vida, el ataque, cómo se había sentido tan culpable que a veces le dieron ganas de hacer alguna tontería. Cómo casi se habían casado y al fin porqué se habían separado. Mark nunca decía nada, se limitaba a dejarle hablar y cuando Brian se encerraba en sí mismo, le decía alguna palabra que le animaba a seguir.

Por lo tanto acabó conociéndole mejor que nadie, y en el fondo para Brian eso supuso una liberación porque, por fin, se encontraba con alguien con quien podía ser él mismo, incluido todo su cinismo, sin que le miraran como a un monstruo sin sentimientos. También eso ayudó a que, cuando empezaba a entrarle el pánico y, sin darse cuenta, hacía o decía alguna cosa de esas que hacían daño con el fin de sabotear la relación y así alejar a Mark, éste le mandaba callar, le daba un beso de los suyos y se acabó el asunto.

Y como le conocía bien, le dio a Brian todo el espacio que necesitaba y.... un poquito más. Empezó a espaciar las llamadas ya que era él quien siempre llamaba. Una vez dejó transcurrir dos semanas, hasta que finalmente fue Brian quien lo hizo:

- Hei, soy Brian. Hace mucho que no nos vemos, ¿te encuentras bien?.

- Sí, por supuesto. Es que tengo mucho trabajo y estoy muy liado.

- ¿Te apetece que nos veamos esta noche y tomemos algo?.

- La verdad es que no se si voy a poder. Tengo una reunión importante, pero haré lo posible. Te llamo esta tarde y te digo algo. ¿De acuerdo?

- Claro, hasta la tarde.

Estuvo esperando toda la tarde pero Mark no llamó. Se sentía decepcionado. Y furioso por sentirse decepcionado. Aguantó en el despacho hasta que su orgullo le obligó a marcharse. Cuando se acercó a su coche se encontró a Mark apoyado en la puerta, con las piernas cruzadas y una sonrisa en la cara.

- Pasaba por aquí. ¿Vamos a tomar algo?.

- Como no me has llamado ya he hecho otros planes. - El maldito orgullo no le permitió decirle lo feliz que se había puesto al verle.

- Oh, no hay problema. Ya nos veremos otro día. – Dijo alegremente haciendo ademán de marcharse.

- ¡Espera!, no te vayas. – Dijo Brian precipitadamente, sujetándole por el brazo.

Entonces Mark, con una carcajada, volvió a recostarse en el coche, separó las piernas y cogiéndole por el cinturón le arrastró contra su cuerpo y le encerró en un abrazo tierno y al mismo tiempo muy masculino. Se besaron sosegadamente, en medio de la calle, olvidando el mundo a su alrededor, hasta que una serie de silbidos y aplausos les trajo de vuelta a la realidad. Es que era todo un espectáculo ver a dos hombres semejantes disfrutando así de la vida.

¡BLAAAMM! Algo había ocurrido en su cabeza. Lo notó casi como si hubiera sido algo físico. Como si un gran megalito que llevase en pie desde hace miles de años se hubiese caído. Y fue en ese preciso instante cuando se dio cuenta, como si hubiese tenido una revelación, de que estaba enamorado. Sin resentimientos, sin presiones, sin dolor. Y que no quería echarlo a perder por nada del mundo. También se dio cuenta de que acababan de manipularle.

Era patético. Se había convertido en una bollera. Pero esta vez no había sido en contra de su voluntad. Esta vez no se lo habían impuesto por la fuerza. Había conocido a alguien a quien admiraba y con quien se sentía en igualdad de condiciones. Con quien no tenía la necesidad de justificarse por lo que pensaba o lo que hacía. No es que no hubiese amado a Justin. De hecho ahora era cuando realmente se daba cuenta de lo mucho que le había querido. Pero esto era distinto. Realmente nunca había estado enamorado, nunca había sentido las famosas mariposas en el estómago. Llegó a pensar que se sentía con respecto a Mark como Justin se debía haber sentido con respecto a él cuando tenía 17 años: deslumbrado. Con Justin siempre habían sido el maestro y el alumno o incluso el padre y el hijo. Había querido a Justin, pero cuando llegó él no estaba preparado. Todavía le quería pero su amor había estado siempre rodeado de tragedia y dolor, primero con el ataque y después con el atentado en Babylon. Las separaciones, las reconciliaciones, Ethan (eso le había dolido más de lo que él mismo se atrevía a admitir). Antes de la bomba volvían a estar separados. De hecho, si no hubiese sido por el atentado, estaba convencido de que no hubieran vuelto a unirse. Nunca habían querido lo mismo de la vida, y cuando estaban juntos Brian sentía que perdía su propia esencia para poder hacer feliz a Justin. Y si había algo de lo que Brian siempre había huido era del sufrimiento. Ya había tenido todo el que podía soportar. Lo suyo con Justin siempre fué la crónica de una muerte anunciada.

Mark, sin ser tan cínico como Brian, también podía llegar a ser muy incisivo, mordaz y sarcástico. Las conversaciones entre ellos iban desde las más profundas reflexiones hasta verdaderos duelos dialécticos sobre chorradas que casi siempre acababan del mismo modo: en la cama, muertos de risa y discutiendo sobre quién hacía qué y se ponía el condón. La media era de 3 a 1 a favor de Mark, pero Brian intentaba igualar el tanteo con todo su empeño. Aunque si había que ser sinceros, cada vez le importaba menos que Mark ganara en el juego. Algo que no admitiría ni muerto.

La promiscuidad era otro de los asuntos en los que estaban de acuerdo. Y por fin Brian encontró a alguien que no sólo le entendía, sino que además compartía su visión sobre el sexo. Y la cosa tenía su gracia, porque ahora la verdad es que no le apetecía tirarse a nadie. Cada vez que sucedía, al volver a casa no podía evitar compararlo con lo que hacía y sentía con Mark y le parecía que había sido una pérdida total de tiempo y horas de sueño. No tenía nada que ver con la fidelidad o el compromiso, simplemente ya no tenía necesidad de follarse todo lo que se movía. Y esto le llevó a otro descubrimiento sobre sí mismo: ¡Había madurado!. Ya no necesitaba comportarse como si tuviese 20 años. Al fin y al cabo no era tan malo hacerse mayor. Lo que no quería decir que se hubieran convertido en monjes. De hecho, Mark y él se lo pasaban realmente bien yendo juntos de caza e invitando a alguien más a su cama.

¡BLAAAMM! Otra jodida piedra que se va a la mierda.

Acababan de follar al estilo Moss, o sea, despacio.

El estilo Moss incluía música suave, normalmente blues, sesiones eternas de besos, caricias y masajes. Las primeras veces Brian era incapaz de relajarse y continuamente intentaba meter mano a Mark o que Mark fuera más lejos, hasta que un día harto de intentar poner a Brian boca abajo le gritó:

- ¿Pero te quieres estar quieto de una puta vez.?

- ¡Es que así no vamos a ninguna parte, joder.¡

- Exactamente, no tenemos que llegar a ningún sitio. Esta es la parte divertida. Correrse es solo el postre.

Brian había aprendido a disfrutarlo. Cuando follaban al estilo Brian acababa que no podía moverse exhausto por el esfuerzo. Con el estilo Moss, acababa que no podía moverse de tan relajado que se quedaba.

Había pasado un rato y parecía que la energía había vuelto a sus músculos. Se levantó y empezó a ponerse los pantalones.

- ¿Qué haces?

- Vestirme.

-¿Para qué?

- Para irme. – Dijo Brian mirándole como si de repente se hubiese vuelto tonto.

- Pero si mañana es Domingo.

- ¿Y…?.

- Pues eso. Que no hace falta que te vayas.

- Sí claro. Me quedo y dormimos abrazaditos toda la noche. –Dijo con todo el sarcasmo de que fue capaz.

- Exactamente. Y mañana cuando te despiertes te hago el desayuno. Bueno, primero follamos y después te hago el desayuno.

Brian le miró como si le hubiesen crecido tres cabezas y dijo:

- Me voy. – Y siguió vistiéndose.

-Está bien. – Dijo Mark mientras se incorporaba y se apoyaba tranquilamente contra el cabecero de la cama colocando las manos detrás de la nuca. – Pero antes de salir por la puerta me vas a explicar qué es eso tan horrible que pasará si te quedas.

-Yo jamás me quedo a pasar la noche con nadie.

- Ya sé que no lo haces. Lo que te pregunto es ¿por qué no lo haces conmigo?. Brian, por si no lo has notado, “YA” tenemos una relación. Sabes que es cierto. El que te quedes a dormir no significa que te vaya a pedir que te cases conmigo o que te traslades a vivir aquí. Me conoces. Sabes que somos muy parecidos en este tipo de cosas porque lo hemos hablado. Júrame que no te apetece quedarte esta noche y no volveré a abrir la boca.

Brian se quedó un rato inmóvil, con la cabeza agachada y con la camisa colgando entre las manos. Dejó caer la camisa y dio un profundo suspiro de derrota, no, no era una derrota, era la aceptación de un hecho. Se volvió a quitar los pantalones, se metió en la cama y se refugió en el abrazo de Mark .

¿Cuál sería el siguiente BLAAAMM?. Irse a vivir a una casita con jardín al lado de Michael y Ben?. Que Dios le cogiera confesado, pero el asunto de Mark parecía imparable.

Por otra parte, seguía yendo a desayunar a la cafetería con los demás, al gimnasio, a Woody’s. Se sentía contento y relajado, mejor de lo que lo había estado en la vida. Los demás le veían y se preguntaban donde estaba el Brian Kinney que todos conocían y amaban, u odiaban. Pero lo que les impactó de verdad fue cuando Ted y Blake anunciaron que se iban a casar en breve. Brian se levantó, le pasó el brazo por el hombro a Ted, le dio un beso en la frente y le dijo:

- Felicidades Theodore. Me alegro por ti.

Todos se quedaron esperando a que continuara la frase con su habitual sarcasmo y mala leche, pero no lo hizo. Se miraron unos a otros con cara de idiotas y se echaron a reir. Ver para creer.

Y llegó su cumpleaños. 35. No por favor, otro año más viejo, no. Sí, sí, había madurado, pero ... esto seguía siendo muy difícil.
Se levantó de la cama a regañadientes, como siempre en esas fechas. Se fue a trabajar y, como siempre en ese día, sabía lo que le esperaba al llegar a casa. Primero sonaría el teléfono y, cuando contestase, colgarían. Así se aseguraban que ya estaba en casa. Y al cabo del rato llegarían todos con la comida, las bebidas y los regalos. Y ese año no fue distinto. Quizás fue mejor, porque había venido Lindsay con Gus a pasar unos días. Ese sí que fue un buen regalo. Su hijo ya tenía casi 6 años. Era increíble. Cada vez le quería más. O quizás de una forma distinta, menos instintiva y más consciente.

Pero había algo que no le dejaba disfrutar completamente. Había estado esperando su llamada durante todo el día. Había comprobado el móvil a cada rato por si había llamado y no lo había escuchado. Tenía un sentimiento ambivalente. Por un lado prefería que no llamase. Eso dejaría zanjado el asunto, como si pusiera el punto y final a su relación. Pero por otro lado deseaba escuchar su voz. Preguntarle qué tal le iba. Si había encontrado lo que andaba buscando. En el fondo lo que necesitaba era saber que Justin seguía recordándole de vez en cuando. Cuando llegó la noche y todavía no había llamado, sintió un nudo en la garganta. ¿Era posible que ya le hubiera olvidado?. Y se contestó a sí mismo: sabía que Justin había estado pensando en él todo el día, pero que no llamaría. Echaba de menos sobre todo al amigo, le hubiera gustado poder contarle lo de Mark. Decirle que se sentía feliz y en paz y agradecerle que le hubiese enseñado a amar y, sobre todo, disculparse por no haber sabido entregarse a él de la misma manera.

Cuando sonó el teléfono, Debb contestó y se lo pasó gritando en medio del jaleo:

- Brian, un tío pregunta por ti.- Tan discreta como sólo ella sabía ser.

De repente sintió que su corazón se aligeraba de un gran peso. Mark, que estaba de viaje, llamaba para felicitarle.

- Felicidades Brian. Ya veo que no me echas de menos. Menuda juerga que tienes montada.

- Hei, Mark, gracias. ¿Qué tal te van las cosas ahí?. ¿Cuándo vas a volver?.

- He acabado antes de lo que pensaba y ya estoy en casa. Llamaba por si querías que nos viésemos. Tengo un regalo guardado en el pantalón para ti, si es que lo quieres. O bien, podría unirme a la juerga y podrías presentarme a tus amigos. De verdad que me gustaría conocerles. No quiero forzarte. Sólo si tu lo quieres y si te vas a sentir cómodo.

Brian se lo pensó durante unos segundos y sonrió cuando se dio cuenta de que, efectivamente, quería que sus amigos le conocieran. Lo que no le apetecía eran las burlas, la guasa y el recochineo que sabía que le iban a perseguir durante semanas, puede que incluso meses.

-Te espero. Ya es hora de que conozcas mi casa y mi familia.

Cuando llamó a la puerta fue Ted quien abrió. Se quedó durante un rato intentando entender qué hacía Mark Moss en la puerta de Brian. Hasta que llegó Emmett con su habitual aplomo y moderación de gestos le hizo pasar.

- ¡Brian!, ¡Brian!, ha llegado un tío buenísimo que pregunta por ti. Por favor preséntamelo. Por favor, por favor, por favor.

Todos se volvieron a la vez y se callaron de repente. Entonces Brian llevó a Mark al centro del salón, le dio un beso en la boca y dijo:

-Os presento a Mark, un ami....... Bueno, Mark es el tío al que me follo más de una vvv.... Bien, Mark es el tío con el único que follo desde hace unos meses.

Y cogiendo de la mesa una servilleta, se la paso a Emmett.

-Cierra la boca y deja de babear. ¡Y ni te le acerques!.

Entonces, Ted, Michael y Emmett se miraron, sonrieron y al mismo tiempo, como si fuese algo que tuviesen ensayado desde hacía mucho, empezaron a cantar:

- BRIAN TIENE NOVIO - NANA NA NANANA - BRIAN TIENE NOVIO

Hasta que salieron corriendo perseguidos por Brian que llevaba un trozo de tarta en la mano.

Sin lugar a dudas, habían madurado.

FIN



Espero vuestros comentarios y críticas. Buenas y malas, que de todo se aprende. Gracias.


.

Yessibolson
29-07-2009 , 23:40
es bueno, a mi me gusta :D

he leido varios finales alternativos sobre QAF y éste es diferente sin duda jajaaja

el romper casi definitivamente su relación con Justin e iniciar una nueva. heee

molaa!

:D

y sip, es un fanfic y vamos... con nuestra imaginación, podemos hacer virguerías con ellos jajaajjaaj

muchas gracias por el aporte! ;)

Doris
30-07-2009 , 00:39
Gracias por los comentarios, se aceptan todos.

No estaba muy segura de publicar esto pero me dije !que coño¡, si aquí a los personajes se les ha hecho de todo, hasta matarles. Esto no puede ser tan grave.
Por lo menos, eso espero.


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