kawada
12-12-2006 , 01:27
Por los derechos
En la modernidad, plena era de los derechos humanos, que se precia de haber superado viejas servidumbres, la lucha de las mujeres por sus derechos humanos todavía tiene que pugnar por el derecho al cuerpo, al lugar que queremos jugar en el mundo privado y en mundo público. No porque las mujeres seamos platónicas y aceptemos la idea de que ambos mundos son irreductibles: el privado y el público, sino porque la división genérica fracciona la vida cotidiana, confinándonos a uno de los polos de la dicotomía. Pero, comencemos por el principio para comprender toda la historia. ¿Qué fue lo que hizo que de pronto las mujeres dudaran de la justicia de su situación frente a los derechos humanos? La respuesta la encontramos en un movimiento político: el feminismo.
Hay muchas formas de comprender el feminismo o existen muchos feminismos. Aquí voy a referirme al feminismo como política de género (Ethel Klein, Gender Politics, p. 3). Esta es una ideología política que argumenta que las mujeres y los hombres deben tener igualdad de roles en la sociedad. Descubre que las mujeres no han tenido apoyo en el hogar y en el mercado de trabajo por dos condiciones básicas: primero, por discriminación, y segundo por carecer de instituciones adecuadas que atendieran sus derechos. La discriminación obviamente se refiere a no conceder a la otra la calidad de ser humano como yo, como se apunta arriba. Y las instituciones sociales, por adolecer de justicia. El movimiento de mujeres –que surge en 1970 en Norteamérica y en algunos países europeos– es un movimiento de liberación, que se constituye como el primero de carácter social que levanta demandas para lograr la igualdad de las mujeres. Se inicia como movimiento de protesta y va desarrollándose y organizándose en forma sofisticada de cabildeo político, capaz de suscitar legislaciones, litigios y cuotas en los países más desarrollados. En suma, apoya campañas políticas para la defensa de los derechos de las mujeres, y trae consigo esfuerzos para definir sus intereses en un pensamiento que los articula para llamar la atención del mundo público. Por primera vez las mujeres comienzan a orientar su voto con el pensamiento de encontrar lo mejor para ellas; así como preguntarse lo que piensan las mismas mujeres acerca de qué es lo óptimo para su país. Se inicia así la politización de la discriminación (Cfr. op. cit.).
Un movimiento político surge cuando se sospecha que se pueden levantar legítimamente demandas, hacer uso de los espacios políticos. En una palabra, que es posible autoconferirse personalidad política y reclamar el reconocimiento correspondiente cuando se piensa que el gobierno tiene alguna responsabilidad en la solución de los problemas que se padecen. En esa medida se politizan los problemas. Por ejemplo, cuando las mujeres (y los hombres) buscan la igualdad que antes creían que no era relevante, o se culpaban a si mismas/os de no alcanzarla. Esta búsqueda de igualdad en las mujeres surgió cuando comprendieron que sus problemas eran compartidos por otras como ellas. El grupo atribuyó entonces la causa de su malestar a las condiciones sociales, tales como la discriminación. A partir de ese momento el movimiento de mujeres requirió de una solución política.
Así sucedió durante la Revolución Francesa, cuando Les cahiers de Doléance (Hierro, G., Del abanico a la guillotina, 1992) se tornan en protestas políticas. La conciencia del grupo es el paso a la creencia de que los males que les suceden, y el trato injusto, son causados por la pertenencia a un colectivo, más bien que por la falta de habilidad o esfuerzo personal. La conciencia de género es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la actividad política. Se requiere además de la filiación, entendida ésta como el reconocimiento de la membresía al genérico femenino que marca el inicio para compartir intereses en el movimiento feminista. En ese horizonte Poullain de la Barre, escritor francés autor de La educación de las damas (1673), fue leído por John S. Mill y Harriett Taylor en Inglaterra, inspirándoles sus famosos Essays on Sex Equality, donde piden “la igualdad perfecta de los géneros, para tener acceso al mejoramiento de la condición humana”. Poullain también influenció profundamente a Simone de Beauvoir. Olimpia de Gouges –con su Carta de los derechos de la mujer y de la ciudadana en 1971– dedica a María Antonieta su escrito a favor de las mujeres. Y por su lucha política, como “hombre de Estado”, fue guillotinada en 1793. Las mujeres aún no podían votar, pero si morir en la guillotina.
Condorcet es sin duda el campeón que influencia el mecanismo de la acción femenina revolucionaria (Histoire du feminisme francais, 1977, p. 23). Todos estos hombres ilustrados eran cartesianos que aceptaban que “el buen sentido” necesariamente está igualmente repartido en ambos sexos.
Sin embargo, ni los hombres ni las mujeres han tenido hasta ahora la conciencia de las mujeres como grupo. Las afiliaciones femeninas tradicionalmente han sido con la familia, etnia o religión, pero no basadas genéricamente. Para que surgiera el movimiento feminista fue vital que las mujeres se dieran cuenta de que ciertos problemas que las aquejaban se debían precisamente al hecho de ser mujeres. Los movimientos de mujeres han desarrollado la solidaridad con el objetivo de unir fuerzas para conquistar sus derechos y su autonomía.
En la modernidad, plena era de los derechos humanos, que se precia de haber superado viejas servidumbres, la lucha de las mujeres por sus derechos humanos todavía tiene que pugnar por el derecho al cuerpo, al lugar que queremos jugar en el mundo privado y en mundo público. No porque las mujeres seamos platónicas y aceptemos la idea de que ambos mundos son irreductibles: el privado y el público, sino porque la división genérica fracciona la vida cotidiana, confinándonos a uno de los polos de la dicotomía. Pero, comencemos por el principio para comprender toda la historia. ¿Qué fue lo que hizo que de pronto las mujeres dudaran de la justicia de su situación frente a los derechos humanos? La respuesta la encontramos en un movimiento político: el feminismo.
Hay muchas formas de comprender el feminismo o existen muchos feminismos. Aquí voy a referirme al feminismo como política de género (Ethel Klein, Gender Politics, p. 3). Esta es una ideología política que argumenta que las mujeres y los hombres deben tener igualdad de roles en la sociedad. Descubre que las mujeres no han tenido apoyo en el hogar y en el mercado de trabajo por dos condiciones básicas: primero, por discriminación, y segundo por carecer de instituciones adecuadas que atendieran sus derechos. La discriminación obviamente se refiere a no conceder a la otra la calidad de ser humano como yo, como se apunta arriba. Y las instituciones sociales, por adolecer de justicia. El movimiento de mujeres –que surge en 1970 en Norteamérica y en algunos países europeos– es un movimiento de liberación, que se constituye como el primero de carácter social que levanta demandas para lograr la igualdad de las mujeres. Se inicia como movimiento de protesta y va desarrollándose y organizándose en forma sofisticada de cabildeo político, capaz de suscitar legislaciones, litigios y cuotas en los países más desarrollados. En suma, apoya campañas políticas para la defensa de los derechos de las mujeres, y trae consigo esfuerzos para definir sus intereses en un pensamiento que los articula para llamar la atención del mundo público. Por primera vez las mujeres comienzan a orientar su voto con el pensamiento de encontrar lo mejor para ellas; así como preguntarse lo que piensan las mismas mujeres acerca de qué es lo óptimo para su país. Se inicia así la politización de la discriminación (Cfr. op. cit.).
Un movimiento político surge cuando se sospecha que se pueden levantar legítimamente demandas, hacer uso de los espacios políticos. En una palabra, que es posible autoconferirse personalidad política y reclamar el reconocimiento correspondiente cuando se piensa que el gobierno tiene alguna responsabilidad en la solución de los problemas que se padecen. En esa medida se politizan los problemas. Por ejemplo, cuando las mujeres (y los hombres) buscan la igualdad que antes creían que no era relevante, o se culpaban a si mismas/os de no alcanzarla. Esta búsqueda de igualdad en las mujeres surgió cuando comprendieron que sus problemas eran compartidos por otras como ellas. El grupo atribuyó entonces la causa de su malestar a las condiciones sociales, tales como la discriminación. A partir de ese momento el movimiento de mujeres requirió de una solución política.
Así sucedió durante la Revolución Francesa, cuando Les cahiers de Doléance (Hierro, G., Del abanico a la guillotina, 1992) se tornan en protestas políticas. La conciencia del grupo es el paso a la creencia de que los males que les suceden, y el trato injusto, son causados por la pertenencia a un colectivo, más bien que por la falta de habilidad o esfuerzo personal. La conciencia de género es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la actividad política. Se requiere además de la filiación, entendida ésta como el reconocimiento de la membresía al genérico femenino que marca el inicio para compartir intereses en el movimiento feminista. En ese horizonte Poullain de la Barre, escritor francés autor de La educación de las damas (1673), fue leído por John S. Mill y Harriett Taylor en Inglaterra, inspirándoles sus famosos Essays on Sex Equality, donde piden “la igualdad perfecta de los géneros, para tener acceso al mejoramiento de la condición humana”. Poullain también influenció profundamente a Simone de Beauvoir. Olimpia de Gouges –con su Carta de los derechos de la mujer y de la ciudadana en 1971– dedica a María Antonieta su escrito a favor de las mujeres. Y por su lucha política, como “hombre de Estado”, fue guillotinada en 1793. Las mujeres aún no podían votar, pero si morir en la guillotina.
Condorcet es sin duda el campeón que influencia el mecanismo de la acción femenina revolucionaria (Histoire du feminisme francais, 1977, p. 23). Todos estos hombres ilustrados eran cartesianos que aceptaban que “el buen sentido” necesariamente está igualmente repartido en ambos sexos.
Sin embargo, ni los hombres ni las mujeres han tenido hasta ahora la conciencia de las mujeres como grupo. Las afiliaciones femeninas tradicionalmente han sido con la familia, etnia o religión, pero no basadas genéricamente. Para que surgiera el movimiento feminista fue vital que las mujeres se dieran cuenta de que ciertos problemas que las aquejaban se debían precisamente al hecho de ser mujeres. Los movimientos de mujeres han desarrollado la solidaridad con el objetivo de unir fuerzas para conquistar sus derechos y su autonomía.