kawada
12-12-2006 , 01:25
Nuevas Antígonas
En la antigüedad aparece la figura dramática de Antígona, que defiende frente al rey Creonte los derechos “de la ley dejada atrás, caída en el olvido, sepultada a veces: el perenne principio más allá por encima de los dioses y de los humanos” que ha dejado de ser respetada (Graciela Hierro, La Vocación de Antígona, 1991, p.8).
Por eso Antígona se presenta como un ancestro mítico importante, figura paradigmática para todas las mujeres que desean defender sus derechos (Monique Dumais, Les Drois des Femmes, 1992, p. 7). A raíz de la obtención de los derechos civiles, en las mexicanas surge la invitación para reflexionar sobre los derechos humanos de las mujeres. Sin embargo, cabe preguntarse por qué hablar de “derechos de las mujeres”, ¿acaso no son ellas seres humanos?, y como tales se deberían incluir en la discusión de los derechos de los hombres ¿Qué las mujeres no pertenecen al genérico hombre? ¿Se les niega, por azar, la pertenencia a la naturaleza humana? Las preguntas anteriores parecerían absurdas, pues en ese sentido los derechos “del hombre serían necesariamente también de las mujeres.
Pero la teoría política muestra contradicciones sobre las aseveraciones anteriores y la práctica lo confirma. Obviamente me refiero a la carencia tradicional de los derechos de las mujeres, independientemente de las declaraciones universales de igualdad cristiana, liberal y marciana. La igualdad política entre géneros no se reconoce hasta el siglo XX, y al final de éste aún vivimos desigualdades.
Es desde la perspectiva de género que la contradicción resulta flagrante y las respuestas no parecen superfluas. Esta es la teoría contestataria a las visiones tradicionales en las cuales el hombre es el paradigma del ser, el saber, el hacer y el merecer. El género aparece como la construcción social asimétrica que cada cultura confiere a sus miembros, en esa lectura de la diferencia sexual.
Desde la mirada de género y partiendo de la diferencia de la socialización de ellos y ellas, surge la necesidad de revisar el paradigma tradicional de lo humano: el hombre, constatar las diferencias y asegurar las igualdades. Desigualdades que se erigen desde el Génesis, y que encontramos prácticamente en la mayor parte de los relatos de la creación u origen de la humanidad; desde la inferioridad de la costilla, hasta aquellas reflexiones que nos niegan la posesión del alma inmortal. Desigualdades que transitan también por el pensamiento racional paradigmático de occidente, aquél que arranca de la filosofía griega, específicamente de la Política de Aristóteles, quien señala que las mujeres en su desarrollo óptimo sólo pueden alcanzar –en el mejor de los casos– el de un adolescente, ¿Y las Diótimas? Excepciones que confirman la regla. Los sabios por naturaleza son hombres, y esto lo sabemos por La Enciclopedia, cristalización del saber humano, masculino.
Graciela Hierro*
En la antigüedad aparece la figura dramática de Antígona, que defiende frente al rey Creonte los derechos “de la ley dejada atrás, caída en el olvido, sepultada a veces: el perenne principio más allá por encima de los dioses y de los humanos” que ha dejado de ser respetada (Graciela Hierro, La Vocación de Antígona, 1991, p.8).
Por eso Antígona se presenta como un ancestro mítico importante, figura paradigmática para todas las mujeres que desean defender sus derechos (Monique Dumais, Les Drois des Femmes, 1992, p. 7). A raíz de la obtención de los derechos civiles, en las mexicanas surge la invitación para reflexionar sobre los derechos humanos de las mujeres. Sin embargo, cabe preguntarse por qué hablar de “derechos de las mujeres”, ¿acaso no son ellas seres humanos?, y como tales se deberían incluir en la discusión de los derechos de los hombres ¿Qué las mujeres no pertenecen al genérico hombre? ¿Se les niega, por azar, la pertenencia a la naturaleza humana? Las preguntas anteriores parecerían absurdas, pues en ese sentido los derechos “del hombre serían necesariamente también de las mujeres.
Pero la teoría política muestra contradicciones sobre las aseveraciones anteriores y la práctica lo confirma. Obviamente me refiero a la carencia tradicional de los derechos de las mujeres, independientemente de las declaraciones universales de igualdad cristiana, liberal y marciana. La igualdad política entre géneros no se reconoce hasta el siglo XX, y al final de éste aún vivimos desigualdades.
Es desde la perspectiva de género que la contradicción resulta flagrante y las respuestas no parecen superfluas. Esta es la teoría contestataria a las visiones tradicionales en las cuales el hombre es el paradigma del ser, el saber, el hacer y el merecer. El género aparece como la construcción social asimétrica que cada cultura confiere a sus miembros, en esa lectura de la diferencia sexual.
Desde la mirada de género y partiendo de la diferencia de la socialización de ellos y ellas, surge la necesidad de revisar el paradigma tradicional de lo humano: el hombre, constatar las diferencias y asegurar las igualdades. Desigualdades que se erigen desde el Génesis, y que encontramos prácticamente en la mayor parte de los relatos de la creación u origen de la humanidad; desde la inferioridad de la costilla, hasta aquellas reflexiones que nos niegan la posesión del alma inmortal. Desigualdades que transitan también por el pensamiento racional paradigmático de occidente, aquél que arranca de la filosofía griega, específicamente de la Política de Aristóteles, quien señala que las mujeres en su desarrollo óptimo sólo pueden alcanzar –en el mejor de los casos– el de un adolescente, ¿Y las Diótimas? Excepciones que confirman la regla. Los sabios por naturaleza son hombres, y esto lo sabemos por La Enciclopedia, cristalización del saber humano, masculino.
Graciela Hierro*