Sempere
03-11-2007 , 14:38
RESULTADO
PRIMER PUESTO
Sea
por su cuento
La Guardiana de los Sueños
SEGUNDO PUESTO (EMPATE)
Vicky11
por su cuento
Ella se llamaba Libertad
MaikuChan
por su cuento
Lágrimas, Crueldad, Laude
TERCER PUESTO
Inki
por su cuento
Miedo a Morir
¡Felicidades a todos! A parte de los premios de los ganadores, también los participantes ganarán algún puntillo por participar ^.^
Y allá van los cuentos ganadores:
LA GUARDIANA DE LOS SUEÑOS
Una silueta apareció entre la lluvia. Vestía un abrigo negro y un paraguas del mismo color. El anciano se paró a observarla, era joven pero sus ojos rebelaban una gran madurez obtenida posiblemente por fuertes desgracias. Esos ojos los había visto en alguna parte… La joven se dio cuenta de que el anciano la miraba.
-Disculpe, ¿puedo ayudarle en algo?- le dijo la mujer.
-No, gracias ¿Es usted de la zona?
-No, acabo de mudarme a esta ciudad hace apenas dos semanas, hace mucho tiempo que no venía por esta zona…
-¿Necesita un guía?
-Lo agradecería. Busco la librería especializada en libros antiguos.
El anciano le hizo señas de que le siguiese. Fueron calle abajo.
- Si no es molestia, ¿me podría decir su nombre?- le preguntó el anciano a la muchacha.
-Mi nombre murió con la persona que me lo puso...
En sabio anciano no insistió y simplemente dejó en el aire una frase.
-Las personas no mueren mientras se las recuerde.
Ya habían llegado a la librería. La joven se despidió del anciano y esperó hasta perderle de vista entre la lluvia.
Subió las escaleras que la llevarían directamente a la persona que quería encontrar. Allí estaba de pie ojeando libros.
- Pensé que no te volvería a ver por aquí- le dijo la persona a quién había ido a buscar.
- Iván.
- ¿Qué te trae por aquí?
- Después de años sin venir a verte… venía buscando un libro.
- ¿Qué libro?- respondió Iván con ojos de curiosidad.
- ¿Te acuerdas de aquel libro que me regaló mi padre? Antes de…
-¿El guardián de los sueños?- dijo Iván con una mueca de terror.
- Ese.
- Creo que lo tengo por mi casa…
- ¿Me lo podrías traer?
- La biblioteca cierra en una hora, si quieres vamos a buscarlo juntos.
- De acuerdo.
- Si quieres quedarte ojeando libros…
- Me encantaría.
Cuando cerró la librería, se taparon juntos bajo el paraguas de la joven.
- ¿Y dónde vives, Iván?
- Tengo una casita a las afueras, tendremos que coger el coche.
- No tengo prisa.
Llegaron a la casa de Iván al anochecer.
-Creo que tengo el libro en la estantería de mi habitación, ¿te importa esperarme aquí?
- No te preocupes.
La mujer de vestida de negro recorrió con la mirada cada uno de los rincones de la planta baja de la casa. Era tal y como Iván le había dicho que quería que fuese. Luminosa y cálida. No evitó acordarse lo distintos que eran porque su prototipo de casa era totalmente distinto. Fría y oscura pero con algunos matices de luz.
Al cabo de un rato Iván bajó por las escaleras con el libro entre las manos.
-Aquí está – Iván le puso el libro entre las manos.
-Gracias, ¿me lo puedo quedar?
-Siempre ha sido tuyo.
Ella abrió el libro que había estado durante años en su familia. Pasó dos páginas y se encontró con un papel en el que estaba escrita una dedicatoria para ella:
Para mi única hija, Diana. Espero que hagas la labor que este libro te enmienda. No sufras. Siempre estaré contigo.
Papá
-Me tengo que ir- dijo ella apresuradamente.
-Te llevo en coche.
- Déjame en la puerta de la biblioteca, a partir de ahí puedo seguir sola.
- Está bien.
Cuando llegaron a la biblioteca la oscuridad ya había cubierto el cielo y las encantadas calles de Oviedo.
-Seguro que no quieres que te lleve a tu casa… está muy oscuro…- enseguida se dio cuenta de lo absurdo de sus palabras.
- Correría más peligro estando sola de día que en la oscuridad de la noche, lo sabes perfectamente.
Cuando ella se disponía a salir por la puerta, Iván la cogió del brazo.
- No te vuelvas a alejar de mí, Diana.
- Nunca lo he hecho.
Y sin más palabras salió del coche y se fue. Iván se quedó observando su silueta, parecía sacada de una película antigua. En los días de lluvia Diana era una sombra.
Diana llegó a su apartamento sobre las doce de las noche, no se había ido a su casa directamente, quiso dar un rodeo por si Iván la seguía y de paso dio un paseo por el parque San Francisco. Se desvistió y se puso el pijama, negro y granate. Diana se echó en la cama, no para dormir. Diana nunca dormía. Cerró los ojos e hizo la tarea que su padre le había dejado de herencia junto con un colgante.
Al amanecer, Diana abrió los ojos. Por fin tenía tiempo para buscar lo que necesitaba en el libro. Se duchó y se puso un vestido de cuello alto negro, el vestido hacía destacar el colgante azul cielo que llevaba en su cuello.
Los ojos fríos como el hielo y azules como el mar de Diana estaban fijos en la hoja en blanco de papel que acababa de sacar del libro. Sabía lo que tenía que hacer para que la hoja dejase de estar en blanco. Solo hizo falta pronunciar cuatro palabras:
-Guardián de los sueños.
Y la hoja se llenó de palabras. Y alguien llamó a la puerta de su apartamento. A Diana no le quedó más remedio que abrir la puerta.
- Te encontré- dijo un muchacho con una sonrisa en la boca.
No era Iván, era su hermano, Gorca.
-¿Cómo me has encontrado?
- A través de mis sueños.
- ¿Sabías una cosa?
- ¿Qué?
- Eres el único que puede hacer eso.
- Porque tu querías que te encontrase, sino no te hubiese encontrado nunca.
- Y porque mi padre quiso que tu fueses la única persona que pudiese hacer eso.
Gorca se encogió de hombros.
-Gorca, no quiero ser como mi padre.
- Te entiendo.
- Mi padre alguna vez fue humano, lo sé, pero luego se convirtió en una sombra, sin sentimientos, ni nada parecido. No quiero que me pase a mí lo mismo.
- Tú eres muy distinta.
- Lo sé por eso quiero seguir siéndolo, no quiero ser una sombra en este mundo.
-¿Quieres permanecer eternamente vigilando los sueños de los demás?
- Sí.
-Pues si es así, yo debo ir contigo.
-Maldito juramento…- dijo Diana frustrada.
- Nos vamos, pues.
-Hay que esperar hasta por la noche. He de preparar unas cuantas cosas.
Era una noche bañada por la luz de la luna, dos personas cogidas de la mano subían por una colina.
-¿Qué tenemos que hacer?- preguntó Gorca algo nervioso.
-Según la hoja que saqué del libro de mi padre, he de quitarme el colgante que mi padre me dio y esperar a que la oscuridad nos venga a buscar.
-¿Qué va a ser del colgante y del libro?
-Vendrán con nosotros, ¿no sabías que los sueños son otro mundo? ¿Qué la única diferencia con la Tierra es que allí velamos los sueños de la Tierra?
A Diana le encantaba sembrar la suda en los ojos de Gorca, desde pequeños simpre le había gustado ir por delante de el en el pensamiento.
Gorca se quedó perplejo.
-Mi tarea allí es cuidar las pesadillas de los demás, velar su sueño. De eso me alimento y tú eres mi ayudante- continuó diciendo Diana.
-Nunca me lo habías dicho.
- No te lo dije porque si no haría mucho tiempo que viviríamos en el mundo de los sueños, y no habrías conocido la vida, tú no quieres dejar de ser Gorca y ser una sombra, yo tampoco quiero dejar de ser Diana para convertirme en el reflejo de mi padre.
- ¿Y que va a pasar con mi hermano?
- Sabrá que estamos bien y nos comprenderá.
-¿Cómo?
- Como llegaste tú hasta mi.- no era una pregunta era una afirmación.
-Por sus sueños.
-Exacto.
-Es la hora.
Diana se quitó el colgante. Gorca cogió su mano y muy lentamente sus cuerpos se convirtieron en translúcidos y una ola de viento se los llevó y definitivamente desaparecieron.
En la otra punta de la ciudad, Iván se dio cuanta de que no volvería a tocar el cuerpo de su hermano y de Diana. Pero supo que todas las noches los vería… También se dio cuenta de que Diana nunca se había alejado de él, siempre había velado su sueño.
Un anciano dormía profundamente en su cama y soñaba con unos ojos azules como el mar y fríos como el hielo. Cuando se dio cuenta de que esos ojos los había visto todas las noches de su vida en sus sueños y que hacía unas pocas semanas había estado con la dueña de esos ojos, ya era demasiado tarde. Abandonó la vida soñando con un nombre.
Diana.
LÁGRIMAS, CRUELDAD, LAUDE
“Un día un ángel vendrá a la tierra. Temedlo, hijos de Adán y Eva, pues en cuanto sus alados pies pisen esta tierra carbonizada por el odio y la ambición del hombre solo quedará la destrucción de todo lo creado: La mano de Dios que hará justicia sobre todos vosotros, pecadores, ambiciosos, vividores, hedonistas, lascivos, egoístas, traidores, cobardes… Humanos.
No habrá compasión.
La puerta de la habitación de Gauf se cerrará y todas las almas que de ella salieron quedarán fuera, en la desesperación de la corrompida humanidad, agonizando y fundidas en un único mar de sangre y lágrimas…Como ya fue…
Intentareis huir, esconderos, evitar a toda costa lo que ya se predijo por decisión del destino… Pero todo ello será en vano.
Ese día se habrá cumplido esa profecía que se os entregó y que por vuestra propia ignorancia y por vuestra pereza o quizás cobardía, no habéis logrado descifrar… Los enviados del Señor no tendrán escrúpulos de arrancaros el alma y mutilar vuestros cuerpos… Será entonces cuando os daréis cuenta, cuando os arrepentiréis, cuando apreciareis todo lo que tuvisteis, porque… Entonces, vosotros… Hijos míos, razón de mi existencia… Habrá llegado el fin del mundo para vosotros…
Ese será el fin del camino…
La señal…
El Apocalipsis…”
La voz cesó… En ese espacio en el que no había nada y solo podía oírse esa voz, estaba yo… incorpóreo… Vacío… ¿Había muerto?
La misma voz volvió a repetir lo mismo… Hasta cierto punto me estaba preocupando. Llamé repetidas veces a alguien, pidiendo ayuda, preguntando por mi situación, pero la única respuesta que obtenía eran las mismas palabras pronunciadas por una voz grave y profunda. ¿Acaso era Dios? No podía ser, era ateo desde que nací, pero conocía lo suficiente de él como para saber que jamás se manifestaría en alguien como yo, era imposible… ¿Por qué me lo iba a decir a mí que no creería ni una palabra?
De repente una cegadora luz se apoderó de todo en cuanto mi vista podía ver.
Lentamente todo volvía a tener forma y color… Pude apreciar las calles de una ciudad, probablemente Europa, que se me antojaban vacías. Ni una sola persona… Solo se podían oír los leves cánticos de los pájaros, que amainaban la profunda soledad que ahora encogía mi corazón.
Caminé por las calles, el aire era freso y se podían apreciar las montañas cercanas, blancas por la nieve. El sol brillaba en todo su esplendor en aquel despejado y azul cielo. Pero sin embargo había algo en todo aquello que me inquietaba…
Decidí sentarme en un banco cercano y me puse a observar el cielo. Los pájaros se posaban en los desnudos árboles de otoño, cantando el fin del verano… Absorto en las aves no me percaté de que a mi lado se encontraba una persona hasta que llamó mi atención.
-Hace un buen día… ¿No cree?
Me incorporé y pude comprobar que estaba tirándoles migas de pan a las palomas que venían en bandadas a por el agradecido alimento. Vestía una gabardina que poseía un cuello alzado ocultándole el rostro, un sombrero de ala ancha, unos pantalones de tela y unos zapatos cerrados, todos del mismo color, negro como las alas de los cuervos. Fumaba un cigarrillo que a veces de estar tan cerca del rostro se podía apreciar sus facciones, pero yo no lo conseguí. ¿Quién sería?
-Disculpe… ¿Nos conocemos?
-Oh, perdona... Soy muy descortés… Me llamo Laín Coubert…
-¿Vive usted aquí? ¿En este pueblo?
-Aquí no vive nadie… Nunca ha vivido nadie…
-Entonces… ¿Por qué hay casas?
-¿Acaso en una charca, por ser agua, tiene que tener peces? ¿Acaso los avestruces, por tener alas, tienen que volar?
No supe que responder… Simplemente agaché la cabeza y seguí contemplando a los pájaros que venían hacia ese misterioso personaje.
Se levantó y sacudió las migas de pan. Acto seguido volvió a encender su cigarrillo, que se encontraba apagado, y se dispuso a irse de aquel lugar.
-¿Le importaría acompañarme un rato?
Se refería a mí. No sabía que era todo aquello ni el sentido de mi existencia en aquel lugar, por lo que me encogí de hombros y me coloqué a su lado para emprender el paseo. Llegamos a una catedral, sería de estilo barroco, caminamos por el suelo recubierto de piedras y nos situamos en la parte posterior del edificio. Se alzaba un basto campo de hierba verde, que todavía brillaba debido al rocío y los rayos del sol, pero… En toda aquella llanura se podían apreciar numerosas piedras con forma rectangular colocadas ordenadamente de la misma manera.
-¿Qué es todo esto señor Coubert?
No me respondió. Siguió su trayectoria y yo le seguí muy de cerca ¿Qué querría mostrarme con todo aquello?
Entre unas y otras, nos fuimos adentrando cada vez más a dentro de aquel lugar que parecía un cementerio. Muy pocas tenían flores a sus pies, pero éstas estaban preciosamente cuidadas como si se acabasen de poner en aquel momento.
De repente, Coubert se detuvo ante una. Totalmente inmóvil se quedó fijando su mirada en ella. Yo no entendí el por qué de aquella repentina decisión, por lo que torné a preguntarle:
-¿Por qué nos hemos detenido aquí?
Él se limitó a señalar la lápida que se encontraba frente a él.
-Lee- dijo fríamente
Posé mi mirada en aquella gris y fría piedra y noté como de repente todo el cielo se me caía encima cual lluvia de arena férrica por lo que había leído.
Era mi nombre...
Ella se llamaba libertad
Tenía los ojos negros, profundos como pozos sin fondo en los que Marco podía perder su mirada durante horas. Su cuerpo poseía esa gracia femenina que daba ritmo y vitalidad a todo lo que hacía. Se movía con agilidad felina, agitando su melena mientras sus labios formaban una sonrisa de dulzura infinita. Su voz, lejos de ser similar a aquellas voces gritonas, era tierna y suave, como una caricia en los oídos.
Sólo con sentir su presencia, sólo con sentirla a su lado, Marco se sentía libre. Y por eso se llamaba Libertad.
* * *
Ángela dormía plácidamente la siesta cuando un ruido fuera de la casa la despertó. Medio dormida, se acercó a la ventana para ver de dónde procedía aquel ruido. Desde el primer piso, dirigió su mirada hacia abajo, y descubrió la silueta de un joven, algo enclenque y desgarbado, que cantaba con una voz cambiante una burda canción de amor.
Enfada, Ángela asomó la cabeza y profirió en insultos contra el chico, que tardo un rato en callarse. Soltando una carcajada, Ángela cerró la ventana con fuerza, con el tiempo justo de oír el timbre de la casa y la voz de su madre.
- Ángela, sube Laura a tu habitación.
La puerta se abrió y en el umbral apareció Laura, mostrando una expresión entre el asombro y la repugnancia.
- Ángy, tía, ¿qué hacía el imbécil de Matas ahí abajo? ¿No le habías dicho ya que te dejara en paz?
- ¡Claro que sí! – contestó Ángela, enrojeciendo de pronto. – ¡Como si a mí me gustara que ese pesado se pusiera a cantar debajo de mi ventana, que me llamase todo el día y que se inventase que estoy enamorada de él!
- No te pongas así, tía, joder – dijo Laura, sentándose en la cama. – A lo mejor deberías denunciarle o algo. Por acoso.
- No puedo… He oído por ahí que tiene esquizofrenia o algo así. Al principio intenté ser amable con él, pero es que ya…
- Bueno, no te preocupes – cortó Laura, sacando un cigarro del bolso – Enfermo o no, como siga así sólo va a conseguir que Pablo le zurre un día de estos. Como le vea diciéndote algo… ya sabes como es.
- Sí – dijo Ángela, bajando la cabeza – Pero esperemos que eso no pase. No quiero que me echen la culpa de que mi novio le haya dado una paliza a un retrasado.
Las dos chicas rieron con ganas, y empezaron a pensar qué ponerse para ir aquella tarde al centro comercial.
* * *
Allí estaba ella. Tan guapa como siempre, agitando su melena oscura por detrás de sus hombros, mientras sus labios dibujaban una sonrisa cuando sus ojos se encontraron con los de él. A Marco se le paró la respiración. Era tan bella… tan dulce, tan inocente, tan desprotegida… Sin pensarlo, emprendió con paso firme el camino que le separaba de Libertad, de su cuerpo de diosa y de sus caricias divinas. Cuando llegó a su altura, ella le miró con una ternura infinita y él se aproximó un poco más para besarla con aquella pasión que le quemaba por dentro.
Ambos, Libertad y Marco, se fundieron en un abrazo mientras sus labios intercambiaban en silencio palabras de amor.
* * *
Ángela notó unos brazos que la agarraban por la espalda y la obligaban a girarse. No tuvo tiempo de ver de quién se trataba, porque unos labios se apretaron con fuerza contra los suyos.
Supuso que era Pablo. A su novio a veces le gustaba acercarse de aquella manera sin avisar.
El grito ahogado de Laura le hizo abrir los ojos. Y entonces, no distinguió los duros rasgos de Pablo, sino el rostro redondo de alguien a quien conocía muy bien.
Se separó con rapidez y estampó una sonora bofetada en el rostro del chico.
- ¿Qué haces, Marco? – gritó la chica, enfadada - ¿Estás loco?
Enseguida sus amigas se reunieron en torno a ella, insultando con lo mejor de su repertorio al chico que había osado besar a Ángela.
- Eres un estúpido, Matas – dijo Laura – Qué desesperado tienes que estar.
Todas las chicas rieron a coro. Marco Matas, sin embargo, permanecía quieto, mirando con ojos soñadores a Ángela.
- Libertad… - susurró.
Ángela abrió la boca para contestar, pero entonces llegó Pablo. Un chico de unos 20 años, alto, ancho de espaldas y con unos brazos fuertes, que podía presumir de ser el mejor jugador de baloncesto del barrio. En pocas palabras, y en contra de la voluntad de Ángela, las chicas pusieron a Pablo al corriente de lo ocurrido. El gigante sonrió y se acercó con calma al chico flacucho, que aún miraba anhelante a Ángela.
- Tío, la has cagado.
* * *
Algo interrumpió el maravilloso momento con Libertad. ¿Qué era eso? ¿Una bestia? ¿Un dragón? ¿Un oso furioso, tal vez?
Marco no tuvo tiempo para pensarlo. El animal enfurecido se abalanzó sobre él y todo sucedió muy rápidamente. Entre los golpes, oía los gritos de Libertad, y él mismo intentaba decirle que huyera, que él estaría bien.
Terminó en el suelo, agotado y dolorido. La bestia le miraba triunfal, mientras se alejaba. Él volvió su mirada hacia Libertad y la descubrió allí a su lado, como siempre.
* * *
- Déjalo ya – dijo Ángela.
Pablo obedeció. Riendo, se separó del chico, que yacía en el suelo, semiinconsciente. Ángela le lanzó una mirada cargada de compasión y repugnancia.
- Se lo merecía. Ahora te dejará en paz.
Ángela sonrió ante las palabras de Laura. Dando la mano a Pablo, se alejó de allí, seguida por el resto, dejando a un chico de 17 años tirado en el suelo de un centro comercial, sangrando por la nariz y con los ojos perdidos en el vacío.
* * *
El dolor no importaba. Allí estaba ella. Se agachó a su lado y le tendió la mano. Él la tomó, como siempre, pero algo en sus piernas le impedía moverse. Agitando su melena negra y dibujando una sonrisa con los labios, Libertad se sentó al lado de Marco, abrazándolo con fuerza.
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Dos puntos de vista, una realidad.
Ahora bien, ¿cuál es la visión correcta?
Ángela se fue… pero Libertad se quedó. Se quedó con Marco.
Miedo a morir
-Sigue subiendo – me decía mi mente tan sensata.
Pero no podía más.
Mis pies estaban llagados, heridos, sucios. La ropa con la que subí al tren se había roto, era harapienta, y estaba llena de polvo.
Ni siquiera recordaba el día que me subí en aquél tren.
Sólo sé que lloré y lloré, no quería atarme al destino.
Ni a la vida.
Alrededor del tren se encontraba la Nada absoluta. Negro, blanco quizá. Nadie puede imaginarla. Es mucho más superior que nosotros.
Veía volar a pájaros desorientados por las sucias ventanas de aquél tren, que de vez en cuando chocaban con algo y emprendían de nuevo el vuelo. Y por mi cabeza rondó una pregunta, ¿para qué servirían aquellas ventanas? (curioso, si no había Nada.)
Cada ciertas paradas, subía alguien.
Lo que no sabría decir era qué subía, parecían sombras, desorientadas, y algo en ella, (no sabría decir exactamente el que, me recordaron a mí cuándo subí.
Tardé algún tiempo en descubrir que aquello era una cuenta atrás, pero ¿para qué? Quizá lo que me quedara para llegar.
Sea lo que fuera, me ayudaban a continuar.
Poco a poco la cuenta se hacía más pequeña, ya sólo quedaba 1. ¿Una parada? No, transcurría demasiado tiempo entre unas y otras. Aunque el tiempo es tan relativo… ¿Quién me negaba que llevara segundos viajando?
Aunque no me diera cuenta (pues me percataría demasiado tarde) se notaban grandes cambios en mí cada vez que me encontraba con ese numerito.
Al principio, en los 10 primeras paradas, creía que aquello era sólo un juego. Que al final me estarían esperando con una sonrisa, con premios y regalos.
Pero, a medida que pasaban los números, 60,50, la espera se iba haciendo más larga.
Más larga y más pesada.
Empecé a cuestionarme entonces si aquello era todo una farsa. Si estaba perdiendo el tiempo, subiendo y subiendo.
Sólo sé que no podía bajar en ninguna parada.
Porque aún temía a la muerte.
En una parada observé con atención cómo se subía una sombra pequeña, con la forma de una niña, su silueta era transparente, se sentó en un viejo asiento que lo cubría una tela roída por el tiempo.
De vez en cuando aparecían pequeñas salidas, cubículos vacíos.
En uno de ellos lo que había sido una pequeña sombra, pues había cambiado mucho, se bajó. Yo la observé con atención y en su transparente rostro me pareció ver que me miraba, con una mirada fría e impasible.
Entre parada y parada, a veces me recostaba sobre la fría ventana a pensar… aunque realmente lo hacía a todas horas.
El vagón tenía unas paredes hechas de un material extraño, gris y viejo, al fondo se observaba otra ventana.
¿Para qué tantas ventanas? ¿Para ver Nada?
Los pájaros seguían volando en dirección a ninguna parte, y a menudo me cuestionaba cómo podrían ver aquellos insensatos.
¡Incluso no sabía cómo era capaz de ver las paradas yo!
Bien, ahora que presentía que estaba acabando todo, me negaba a mirar hacia atrás.
Sabía que quedaba poco (o eso decían los números). Si había resistido 80, ¿por qué no una más?
Pero mi cuerpo no lo quería resistir.
Se negaba a continuar, como si se hubiera estancado en aquella parada. Luchaba para vencer la fuerza que atraía a mis piernas hacia abajo, y el cansancio se acumulaba cada instante más.
Cuando apenas había conseguido seguir una o dos paradas más, la idea de bajarme no parecía tan descabellada.
Llevaba tantísimo tiempo viajando y viajando, sin recordar quién me puso en aquel camino, que aquello de seguir ya carecía de sentido.
¿Para qué?
¿Qué me esperaba en aquella parada?
Cuando la cuenta atrás aún marcaba los 40, me imaginaba la gloria, el paraíso.
Habría cientos de mujeres bellas, cientos de sueños cumplidos, miles de proyectos realizados, como conseguir que unas personas que quizás no conocería nunca dejaran de criticar a otras, también como ayudar un poquito más a salvar el medio ambiente, poniendo mi granito de arena. Me apasionaban aquellos proyectos, pero algo me dice que no los llevaría a cabo… ya no.
Y, sin embargo, cuanto más me acercaba al ansiado 1, menos fuerzas tenía y menos iluso me iba haciendo.
Con mucho esfuerzo conseguí aguantar una parada más, pero, mirando hacia adelante, sólo conseguía ver cientos y cientos de paradas que parecían no acabar jamás.
¿Y si me estuvieran engañando?
De repente me percaté de algo en lo que, extrañamente, no me había percatado.
Mi piel no era como antes, estaba rugosa, fofa, sin vida. Las manos me dejaban ver el relieve incluso de las venas, el poco pelo que quedaba era de un blanco brillante.
¿Y si esto era lo que los humanos llaman envejecer?
Y súbitamente me entró un miedo inmenso, el miedo a la muerte.
No, yo no podía morir. Yo no era humano. ¡Ni siquiera sabía lo que era eso!
Mi mente empezaba a reflejar imágenes sin sentido, empecé a chillar como un loco.
¿Dónde habría visto todo eso?
Histérico, conseguí abrir con una fuerza sobrehumana la puerta del tren y me dejé caer.
Tan pronto como me precipitaba, los pájaros cayeron, y las extrañas vías se difuminaron como en un chasquido de dedos.
*****
Lejos de allí, una madre sostenía la mano de su hijo adolescente.
La máquina extraña a la que estaba conectada había empezado a pitar, y, aunque no supiera de aquello, sí sabía que aquello no era buena señal.
Se tapó los oídos para no escuchar sus palabras, pero era inevitable.
El médico que atendía a su hijo comenzó a hablar, despacio, pero ella sólo consiguió captar palabras sueltas…
-Señora, lamento decirle que…………………no hemos podido hacer nada……………ha dejado de luchar.
Mientras, ella seguía aferrada a su mano, como amortiguando su caída, su final…y los pájaros dejaron de volar.
Pues ya no existían… volaron el mismo día que él renunció a ellos.
Murieron sus sueños.
SI ALGUNO DE LOS NO GANADORES QUIERE QUE SU CUENTO SALGA AQUÍ PUBLICADO, QUE ME ENVÍE UN MP A MI O A OTRO MODERADOR. ;-)