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De musas y Cucarachas

Oasget
10-06-2008 , 01:41
Pues eso... No es una colección muy amplia de cuentos, pero es lo que hay xD Espero que se lo lean y bla bla bla... Lo tengo colgado (por partes xD) en The Last, pero casi nadie se pasa por ahí, así que haber si acá le hechan una hojeada.
Pues eso, a darle!!

El cuentario, que aqui no está completo pro obvias razones, llevará por título "De musas y cucarachas" (Titulo ofrecido por un amigo [Hornfreak, para ser más específicos] que me encantó y pegó, según yo).

Aquí no se los voy a poner como va por orden, pero está...

El primero que les vengo poniendo, es Gran Pérdida:
Gran pérdida

Martín Coca R.


Miraban ambos hacia la silla ahora vacía, donde reposaba el niño. Lo miraron ahora a él, quemado por el brazo y por las piernas, con su vestido tejido completamente quemado y pegado a su abdomen… Y pensar que una sola veladora empezó eso.
¡Y pensar que el olor de esa veladora advirtió del fuego!

Pero poco se entiende si sigo hablando sólo de lo que aconteció después porque ¿Qué pasó? Es una pregunta obligada.
Pues bien, esto fue lo que ocurrió:
Apenas pasada la comida, un helado se presentó en la mesa y pronto fue servido en las copas de todos, para ser saboreado por el paladar. Hablaron y hablaron de cosas banales (“Cómo te fue… Qué paso… Cómo es allá… ”) hasta que llegó la hora de retirarse. Pues, se despidieron estrechando las manos y con un abrazo, un beso en la mejilla y abrieron la puerta.
Luego, estando ya ellos solos, una botella de tequila les hizo compañía. Primero fue un vaso para relajar la lengua, un segundo para fortalecer el estomago, y un tercero para quitar las penas.
Siguieron así, relajando la garganta, hasta que ella no quiso más y él le dejo, mientras se pasaba a la tv a ver el super bowl.
Ella tomó una ducha y él se quedó viendo el partido, viendo cómo los gigantes arrasaban contra los patriotas. Mientras ella gozaba del agua cayéndole sobre la espalda y relajándole los músculos, él dormitaba con cada minuto que marcaba el reloj de pared.

Cuando ella salió del baño, un olor a cera le hizo caminar por la casa. Segundos después, él se despertó por un sonoro grito pidiendo ayuda. Corrió, aventando el control de la tv hacia la alfombra, hacia ella y se detuvo al ver el fuego que ella veía, mientras su mujer se quedaba viendo cómo el fuego carcomía cosas con gran velocidad, él corrió a la cocina y tomó una botella de refresco, la agitó y regresó donde el fuego, quitó la tapa y lo terminó. Luego miró a ella, viendo cómo las lágrimas le escurrían.

Sacaron al niño dios, aquella figura de porcelana a la que habían dejado una veladora encendida. Lo sentaron, aún con la ropita quemada, en su silla y lo dejaron junto a la ventana.

Luego ella se dirigió al cuarto donde ahora el refresco hacía imposible entrar corriendo y fue hacia la estantería. Vio la pasta de sus libros roída por el calor y al alzar alguno, los que estaban juntos se carbonizaron y decidían ir a acabar en un beso falso contra el refresco que yacía en el suelo. Siguió llorando mientras “La mitad oscura” se tornaba en cenizas y le abandonaba por siempre.


Después, Primera Plana:
Primera plana
Martín Coca

“¡Donde están las pinches llaves!” Truena mi voz mientras busco en los bolsillos de la chaqueta.
La lluvia había empezado hace poco y parecía no querer detenerse. El corto cabello oscuro colgaba sobre mi frente, había pasado poco menos de un minuto bajo las gotas y ya estaba empapado. Metí la mano en el bolsillo derecho del pantalón. “¡Al fin!” Me dije mientras metía el metal plateado en la cerradura y empezaba a girarlo, la puerta cedió con unos tirones y entré a casa. Me quité la chamarra de piel y la colgué en un perchero, en el pasillo que daba la bienvenida al hogar.
“Carajo…” Susurré, el pantalón estaba empapado y los zapatos habían dejado entrar el agua, los pies me empezaban a doler. Fui a mí recamara, un poco más grande que la estrecha cocina, pero había sido mi deseo: tener mi propia casa. Me quité el pantalón y lo arrojé al suelo, otro día me ocuparía de él. Los zapatos cayeron con un poco de esfuerzo, los calcetines estaban empapados, me los quité y los arrojé al mismo lugar que el pantalón. Me puse alguna otra cosa y fui a la sala.
Un botón verde parpadeaba en el teléfono, alguien había llamado. Me fui directo a la cocina para hacerme un sándwich y después regresé a la sala. Descolgué el auricular y me lo puse al oído mientras presionaba el botón. “Hola… -Eras tú, no me lo podía creer.- Puedes… Quisieras… -Un largo silencio. Tu voz parecía preocupada. Empezaste a llorar, allí acabó el mensaje.”
¿Por qué llorarías? No lo podía explicar, pero el tono en que dijiste esas palabras me hizo pensar que algo malo te había pasado. Por un momento pensé que sólo era una reacción de mi mente al oír tu voz desde hacía mucho tiempo; después pensé que quizá él te hubiese golpeado… De nuevo. Colgué el auricular y salí de la casa corriendo, no estoy seguro si dejé la puerta cerrada, en cualquier caso, no había nada que robar.
La lluvia aún seguía y sus frías gotas me decían que regresara a mi casa y preparara un buen café con tequila, sólo para perder el frío. No hice caso de su advertencia, tenía miedo de que algo te hubiese pasado. Nos habíamos dejado de hablar por culpa de tu novio, aquel celoso al que tanto odiaba por haberte quitado de mi lado, pero vi tu felicidad cuando estabas con él… pensé que era lo mejor. Después me llegaron noticias de que él te golpeaba a veces por culpa del licor y en otras por celos, pensaba que andabas con cuanto tipo se cruzara en tu camino.
Cuando me enteré de eso te hablé por el teléfono, contestó él. Pregunté por ti, le dije que antes fuimos amigos y que quería saber cómo estabas. No supo fingir, me colgó al oír esas palabras, seguro esa noche unos golpes te hicieron saber de mi llamada. Nunca más te volví a marcar.
Seguía corriendo, pensando en que si no tenías buenas razones para haberme llamado sería yo quien nunca más te llamaría. Sabía que no era cierto, sabía que no podía decirte eso cuando la mayor parte del tiempo me la pasaba junto al teléfono, esperando que quien estuviera del otro lado fueses tú. Pero nunca pasaba, imaginé que no me recordarías, pero seguía con mi estúpida idea de que lo hacías. Y no solo eso, también pensaba que pudimos ser algo.
Acorté los pasos cuando llegué a la esquina de tu casa, vivías tan solo a treinta minutos de la mía y nunca me atreví a ir personalmente. Me pasé los dedos por el pelo, el agua cayó por chorros. Me detuve frente al zaguán verde, toqué el timbre, no hubo respuesta. Volví a tocar. Nada. Esperé ahí unos minutos, toqué una vez más. Nada… “Estúpido…” Me dije mientras me pasaba ambas manos por el pelo, el agua corrió hasta mis codos, después se lanzó al vacío para unirse con su gemela.
Me di una vuelta y vi hacia el cielo. Las nubes negras… Los rayos iluminando de vez en vez. Gotas cayendo sobre mi frente y mi pelo. Me volví a girar para llamar una vez más. Detuve mi dedo antes de que tocara el timbre y lo dirigí al pomo de la puerta, le di una vuelta y esta cedió fácilmente. Entré mientras te llamaba y me disculpaba por haberme metido así. No respondiste, ni tu ni aquel que hacía de tu hombre.
Revisé la casa en tu busca: La recamara vacía. Comedor vacío. Cocina vacía. Sala vacía. Baño… Entré al baño, el ruido de agua cayendo me dio mala espina. Quizá era que tu reacción sería abofetearme y gritar.
“Ann” Salió de mi boca en un tono bajo. “Ann, perdón si te estoy molestando, es sólo que… Oí tu mensaje. Perdón, es que acababa de llegar del trabajo y…” Me detuve, esperaba que me dijeras algo con las primeras palabras… Pero no lo hiciste, eso me hizo preocuparme, corrí las cortinas rosas que rodeaban la bañera y te vi. Vi tu cuerpo, tan hermosa, tan frágil, tan bella, tan pálida.
Me arrojé hacia ti, el suelo estaba completamente rojo, el agua se mezclaba con tu sangre para hacer un fluido rojizo y tanto espeso. Pasé mi mano hasta tomar tu nuca y con la otra tu espalda, te levanté y noté lo fría que estabas. Algo metálico cayó y me dio un escalofrío, una navaja barbera.
“Ann… Dios, ¿Por qué hiciste esto?” Una lágrima se unió a la mezcla sangre-agua. Te abrasé fuertemente, después alejé tu cuerpo. Habías cortado tus venas… Me habías dejado aquel mensaje antes de meterte a ese baño. Esas pocas palabras me advertían de aquel terrible suceso, quizá para hacerme partícipe, quizá para que no fuera a tu casa.
Me quedé junto a tu frío cuerpo por minutos… tal vez horas, nunca lo supe. Al final decidí que no podía seguir así. Me levanté, busqué en el suelo la navaja que había cortado tus venas y la tomé con fuerza. La abrí y acerqué a mi muñeca, la mantuve sin mover por unos segundos, al final la alejé y me acerqué a tu cuerpo, te abrasé.

Dos días después una foto salió en el periódico, la foto ponía a dos cuerpos, el de una mujer desnuda y un hombre vestido, ambos en un baño, ambos con una marca en la muñeca, ambos sin vida.


Aquí está Efímero:
Efímero

Martín Coca
Martes, Once de la noche con siete minutos, según el reloj de pared. En tus manos descansa “Nova de cuarzo” en su pasta barata recubierta con plástico. Pasas la hoja y vuelves a mirar el reloj, no ha pasado ni un minuto. Pones un separador entre líneas y cierras el libro, te levantas de la silla del comedor mientras lo dejas sobre la mesa.
Caminas hacia el teléfono tarareando una canción que nunca habías oído, no sabes de dónde salió pero el tono está en tu cabeza. Presionas los once dígitos mientras sigues tarareando, quizá intentando olvidar el cuerpo que yace en la sala.
Una voz mecanizada responde… No, es una voz humana llena de aburrimiento y monotonía. “¿Diga?” No sabes qué hacer… te congelas con el auricular en tu oído. “¿Si?” Oyes a la voz aburrida-monótona. “Necesito una ambulancia -Dices al fin-… Creo que hay un muerto.” No fue difícil decirlo, lo difícil será explicarlo. “¿Dónde?” Inquiere la voz monótona. “En –Te detienes, será más difícil de explicar si lo encuentran en casa.-… Frente a las canchas de básquetbol” Excelente idea, las canchas están a menos de diez minutos de tu casa en coche y al menos a media hora de cualquier ambulancia. “Ahora mismo llega”. Te dice casi aburriéndote y se apaga la voz del teléfono, sólo queda un zumbido y repentinos golpes agudos.
El simple hecho de recordarlo te da asco… Le mataste contra tu voluntad, ni siquiera estabas segura si era humano. Por su apariencia era claro, pero al primer golpe desbordó sangre de un azul claro, cuando menos debía ser sangre… Regresaste junto al cuerpo. Por momentos esperabas que no hubiese nada, ni un solo rastro de sangre ni de esa cosa. El verlo tendido en el suelo produjo dos reacciones: Temor y seguridad. Temiste que aún siguiera ahí y que todo era verdad, nada de sueños; la seguridad llegó poco después, te reconfortaba saber que eso seguía muerto.
Junto al cuerpo de esa criatura descansa una llave española, de 6 1/2’’, llena con su sangre… El primer golpe le dio en el brazo, el segundo en la entrepierna y al tercero arrojaste la llave contra su sien. Seguro eso le mató. Recoges la llave y la limpias con agua, después la arrojas por el patio… como si eso sirviese de mucho. Vuelves junto al cuerpo y te incas justo a su lado… Calmas las ansias de vomitar y te resignas. Lo tomas por sus hombros y lo arrastras hasta la VAN, te mancha el suelo del mismo azul claro de antes... pero ya te has hecho a la idea, cuando todo esto deje de darte miedo podrás limpiarlo con un trapeador y olvidarlo para siempre.
Lo subes en la parte trasera y entras por delante, metes las llaves y las giras, después de dos intentos el motor enciende. La radio prende junto al motor y al instante te envuelves en la canción que tiempo antes tarareabas… Te resulta extraño, pero ahora no tienes tiempo de darle vueltas a algo sin importancia.
Aceleras mientras ves por el retrovisor el cuerpo de aquella cosa, ahora es casi imposible verle algún parecido humano… Su cráneo se ha hecho más delgado y alargado, sus brazos están alargados hasta tocar sus rodillas, sus piernas parecen disolverse y deformarse hasta crear tentáculos, el tono de su piel cambia a un gris oscuro… Sus ojos son rojos, a excepción de las pupilas, que han tomado un extraño color amarillo. El cabello ahora es algo que se ignora con sencillez. Los dedos se unen entre sí por una capa negrusca… Las uñas se extienden más de tres centímetros y cambian a un tono rojo metalizado.
Vuelves la vista al frente, el olor que desprende esa cosa te asquea… pero debes mantener el control. Es como oler a un animal que lleva cinco días muerto. Repasas mentalmente lo que dirás. “Lo encontré mientras volvía a mi casa. ¿Sabe? trabajo un poco lejos, pero me detuve porque pensé que alguien podría necesitar ayuda… pero al verle no supe qué hacer y les llamé…”. Después algún paramédico te dirá que te controles y te cubrirá con una cobija, como en toda película pasa.
Al fin llegas a las canchas. Apagas el motor y bajas, te cubres la nariz antes de abrir la portezuela de la VAN, tomas a esa cosa por los tentáculos que aparentan ser pies y lo jalas. Piensas en bajarlo con cuidado pero el hedor que desprende te lo impide y lo sigues jalando hasta que cae contra el suelo.
Ya lo único que falta es moverlo un poco, cerrar la VAN y estar alejada del cuerpo, con lagrimas de ser posible, y todo será creíble. Mientras jalas el cuerpo te sorprende un sonido, una sirena… justo después comienzas a ver destellos de luz roja y azul… roja y azul… roja y azul… Te desmayas.
Cuando al fin despiertas miras sobre tu hombro: El reloj de pared marca las doce de la noche con treinta y dos minutos… En tus manos sigue “Nova de cuarzo” con la misma pasta barata y recubierta de plástico. Sueltas el libro de inmediato y corres hacia la sala, tus ojos se sorprenden y empiezas a llorar: No ves nada.


Un poco (sólo un poco xD) de terror; A tu honor:
A tu honor

“Y ahora estás en mi lista de promesas a olvidar…”
Héroes del silencio



Te miro, mis dedos se enredan entre tu cabellera castaña. Vuelvo la vista al retrovisor, un Tsuru azul oscuro intenta rebasar. Saco la mano indicándole que avance, este obedece y pasa el topaz gris en que viajamos.
Giro en la siguiente calle, tu cuerpo sede ante el impulso y resbala lentamente contra la puerta. Río mientras empujo el acelerador con el pie. Media hora más para que lleguemos al destino: La casa de campo que usamos para descanso. “¿Qué tal te fue hoy?” Sueltan mis labios; quito una mano del volante para bajar la ventanilla. “¿Nada interesante?” Digo sin darte tiempo a responder, o quizá ni siquiera querías hacerlo. Bajo la vista hasta tu vientre, debajo de él se posa tu cinturón de seguridad, para evitar que caigas. Recuerdo al niño que está dentro, sonrío de inmediato, con la misma rapidez dejo de hacerlo.
“¿Estás enojada por algo?” Pregunto inclinándome en el asiento: estamos frente a un semáforo en rojo. Me empieza a incomodar el silencio… Prendo la radio y al momento se oye a Arjona contando su gran historia del taxi. “Te agrada la canción ¿No?”, subo un poco el volumen. Falta menos de diez minutos para que lleguemos.
Hace dos días me pediste el divorcio. Primero lo hablamos pacíficamente… Pero nadie me creyó y hasta me echaron la culpa por los moretones que te habías provocado en una caída. No te hicieron gracia mis razones para que no me dejaras, saliste de la casa sin decirme nada. Pero no te tenías que preocupar, yo me enteraría por voz de otros. “¿Cómo te recibió tu hermana?” Cuestiono mientras meto el freno. Cinco calles y llegamos.
Ayer mismo me enteré que estabas con tu hermana. Ya vez, nada se puede ocultar.
Me alegró la noticia como no imaginas y no pude evitarlo, tuve que ir inmediatamente a decirte que todo iría mejor en casa si volvías. Llegué y toque la puerta, salió un hombre de tu edad. Imaginé que sería el hombre de tu hermana y le pedí que me dejara pasar. No me lo dejó muy fácil.
En cuanto entré vi que estabas en el comedor, aún tenias las marcas de tu caída en la cara. “¿Lista para volver a casa?” Te dije extendiéndote una mano para saludarte. “¡Lárgate!” Me gritaste mientras te ponías de pie y me empezabas a arrojar cosas. No tuve más remedio que llevarte a casa por mi propia mano. Llegamos.
Estaciono el topaz en la banqueta, cierro las ventanillas y te quito el cinturón. Salgo y cierro mi puerta, voy a la cajuela y saco una pala. Pasados unos segundos abro la puerta y tu mano cae. Te cargo sobre mi hombro, tu cara mancha de rojo mi playera… será una mancha difícil de borrar.
¿Qué por qué te hice eso? Hoy en la mañana encontré una carta sobre mi cama, ponía mi nombre y una nota que decía “Ya no me estés jodiendo ¡Déjame de una vez!”. Me levanté sobresaltado e hice bola la carta, mientras me vestía la arrojé a la basura. Bajé corriendo y me puse a buscarte… Imaginé que irías de nuevo con tu hermana. Salí con el topaz a buscarte, te vi a tres calles de la casa. Estacioné el coche lo mejor que pude y corrí hacia ti. Fue fácil persuadirte de que regresaras a la casa. Sólo tuviste que “caer” nuevamente.
Te tomo por la espalda mientras te dejo suavemente sobre el suelo, empiezo a cavar.
“¿Te apetece una cerveza después de esto?”. Me detengo un poco para descansar, me seco el sudor y sigo cavando. El hoyo ya es lo suficientemente largo para tu cuerpo, pero aún no tan profundo.
Me enteré el por qué de que estuvieras pidiendo el divorcio. No era por las tantas veces que “caías” estando conmigo, sino porque estabas con alguien más. Y el niño que llevas en el vientre ni siquiera estoy seguro que sea mío.
Al poco de que regresáramos a casa encontré la pala y decidí que ahora tu caída sería permanente. Primero te arrojé al suelo, pasé mi pie sobre tu mano y lo bajé hasta oír crujir tus dedos, gritabas con tanta desesperación que me hiciste enfadar. Con la pala te golpeé el rostro para que te callaras. Pero al parecer no entendiste el mensaje y tuve que repetírtelo hasta que lo comprendieras. Después te enterré la pala en la pierna derecha, sólo por diversión. La saqué y limpié tu sangre con el mantel de la mesa. Aprovechando la cercanía fui por un cuchillo. Te apuñalé repetidas veces con él, también a tu hijo. Te lo dejé enterrado en el pecho mientras me relajaba viendo un poco de TV. El hoyo ya era lo suficientemente profundo.
Lo demás es historia, cosas que no puedo contar por falta de tiempo. Salgo del agujero que he hecho en la tierra y me acerco a tu cuerpo, me pongo tras de él y lo empujo con el pie. Ruedas hasta caer contra la tierra… Estar sobre tu brazo roto no es una buena posición para permanecer ahí… Pero me da pereza cambiarte de posición, así que empiezo a arrojarte paladas de tierra. Pocos minutos y el trabajo está hecho. Tiro la pala y me acerco al topaz.
Acelero hasta llegar a una cantina. Antes de bajar me aseguro de cambiarme la playera que me habías arruinado. Entro y me acerco a la barra “Tequila” Digo secamente, el tipo del otro lado saca un vaso chico y lo llena del licor. “¿Le pasa algo malo, joven?” Pregunta el sujeto mientras me da el vaso. “Una chica” Le respondo acercándome el vaso a los labios y pasándome el tequila de un solo trago. “Algo grave ¿Eh?” Toma el vaso y lo llena nuevamente “Este corre por mí” Dice mientras lo devuelve. “Nada… Ya lo solucioné” Le digo mientras sonrío. Nunca había estado tan feliz.


Una "crítica", Fuego en el cielo:
Fuego en el cielo
(Fragmento tomado de una carta escrita por un ciego curado por Cristo)


“…Y pude ver! Pero no vi la tierra, ni los árboles, ni los animales de la creación. No vi ni a una sola persona, no pude ver como mis hermanos… Pero vi más allá del todo; fui elegido por el mismísimo Dios para poder ver su cielo.
¡Y es que era hermoso! Si bien todos se podían emocionar con ver el simple mundo terrenal, cualquiera mataría por ver lo que yo veo, por sentir lo que yo siento. Si bien Cristo solía hablar bien de su padre y de su eterna vida, no era comparable con lo que estaba viendo, sus palabras eran nada comprado con lo que veía.
Pero pronto todo calló, toda la fachada se fue en pique y su tierra mostró lo que realmente era: Un vacío. Nada, ni un árbol, ni un ave. Ni rastros de Dios ni de la Virgen. Ni cielo ni tierra, sólo infierno. Fuego por todos lados, grandes criaturas aladas sobrevolando la infinidad. Luego, nada nuevamente. Oí la voz de Cristo (sería injusto que tratara de repetir sus palabras, pues no se entenderían como él me las dijo), entendí que él no salva; él ayuda. Pero que cada persona elije su vida eterna. Pero yo lo sabía: Mentía, mentía como solo un loco podía hacerlo.
Mi vista se fue, agradecí el poder no ver para que el fuego no me quemara, para que aquellas criaturas aladas no me mataran. Sólo escribo esto porque es lo que pude ver en tanto tiempo, y si Dios hace milagros, lo corroboro: Me hizo ciego.”


Aqui empiezo con la parte "De musas"; Estrella azul: (Debo decir que este no me gusta mucho xD)
Estrellas azules

Martín Coca


Cortó la llamada y dejó el cel sobre la mesilla de madera. En la pantalla se veía el 611.
Echó a correr hacia las escaleras y subió, escalón tras escalón, aún meditándolo.
No tenía idea de por qué haría lo que haría, más que por el aburrimiento y, quizá, para probar que Dios no existía.
Se acercó la mano al cuello mientras subía al cuarto piso, tomó un collar que le había sido regalado años atrás (Un crucifijo negro de estilo barroco) y se lo descolgó, para luego guardarlo en un bolsillo.
Al llegar a la azotea fue directamente al saliente y se sentó ahí, con sus pies al aire.
“¿Me salvarás?” Casi reclamó en un grito al cielo. Se puso de pie y sacó la cruz-barroca de la bolsa, la apretó en su mano izquierda y la alzó al cielo “¡Es tu hijo!”, segundos después la parte baja del crucifijo cortaba el aire para ganar mayor velocidad.
Él había tomado impulso después de la cruz negra y saltó para intentar alcanzarla. Solamente sintió su brazo derecho adormecido, luego un líquido corriéndole por la frente.
Al final, al final giró su cabeza hacia la derecha, allí, una joven de 16 años con aretes en forma de estrellas color azul le miró fijamente. “¡Llamen a una ambulancia!”. Él hizo su mayor esfuerzo para negar con la cabeza, después susurró “Quiero vivir”.


Para mi declarada Musa; México-España (Y lo más reciente que he escrito):
México-España

Martín Coca
Para Darya, que Dios le diga que aún existo.


Hoy estoy aquí, en Veracruz (que Dios me diga qué hago aquí). Llevo puesta una playera sin mangas, tiempo hace que no las usaba… En Tlaxcala hace más frío.
Son las 6 a.m. y hace un carajo de calor, no debí ponerme el pantalón de mezclilla… Da igual. Meto las manos en los bolsillos y echo a andar hacia la playa, el sol aún no alumbra, pero calienta como una caldera. Cuando saco las manos encuentro unos audífonos (sería raro no verlos en mí), prendo el mp3 y me pongo ambos lados, luego sigo hacia la playa.
Paso al lado de una lancha pesquera, hay un perro echado bajo esta que se confunde con la arena, aprovecha la sombra, seguro tiene más calor que yo. Al llegar al mar me dejo caer sobre la arena, esta parece secarse, como si el agua me temiera.
Pienso por un segundo, la imagen que debo estar proyectando sería un plagio a Deschain mirando la Torre; pero no, yo no miro la torre, ni tengo un sombrero. En cambio, llevo mi gorra negra e intento mirar más allá del mar. Más allá de la pequeña isla, más allá de los millones de kilómetros que nos separan (¿Serán leguas? Me da igual).
Me quito la gorra y paso las manos por el pelo, se siente reseco por el agua salada. Una ola llega y se lleva mi gorra, le doy un par de segundos para que se aleje, luego voy por ella. Y pienso: “¿Podré llegar?”, pienso poco, pues antes de encontrar una respuesta me estoy quitando los pantalones y aventándolos sobre el perro.
Corro poniendo de pretexto la gorra, no tengo idea de cuando dejé de correr para empezar a nadar, ni de hace cuanto la gorra quedó atrás, ahora me fijo allá donde estás tú.



Un "Poema"; ¿Ellas?:

¿Ellas?

Mis musas de inigualable belleza,
Ó quizá superable, pero no ante mis ojos.
Podría enumerar todos y cada uno de sus nombres,
Invocarlos para recordarlas…
No, no es mi estilo. Prefiero acordarme en silencio,
Recordar cada detalle qué, aunque solo fuese en mi mente,
Me robaba una sonrisa.
Acordarme del aroma dulce que emitían,
Ese aroma tan agradable que me hacía sentir bien.
Recordar qué, con tan solo verles, mi día era tocado por un dios,
Que con sólo mirarles podía crear grandes historias;
Narraciones de un estilo inigualable.
Ahora, con tan solo pensar en ellas,
Logro conseguir tranquilidad.
Logro conseguir esa paz tan anhelada…
Pero, para ser sinceros, sólo quiero una cosa:
Quiero saber quién piensa en mí…

¿Ellas?


Y es todo por ahora xD Leanse almenso uno cabros!! Y no lo pongo en la tabe del ES por obvias razones.


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